miércoles, 25 de febrero de 2015

Tercera Carta a Mariela: Sobre lo que ocurre

Querida mía, en mis dos cartas anteriores te comentaba sobre lo que pienso acerca del sufrimiento y del valor trascendente del perdón. Creo profundamente en cada palabra que te escribí. Sin embargo, hoy mi fe está puesta a prueba. Hoy, la hora que vive nuestro país, me somete a la difícil tarea de verificar qué tan honestas han sido mis palabras. En esta hora compleja y difícil, me toca revisar en mi interior, en mi espíritu si tengo la capacidad o no de perdonar realmente. En esta tercera carta quiero exponerte cómo mi mente y mi alma se encuentran para traducir el horror del cual estamos siendo testigos.

En primer lugar pienso de dónde vengo y de dónde venimos todos. Trato de pensar que, detrás de nuestra historia, hay otra mucho más antigua y profunda trazada a partir de otros paradigmas, de otras circunstancias. Un historia que no tiene tiempo ni espacio y que me hace contemporáneo con todos los hombres y mujeres que han pasado, pasan y pasarán por el plano existencial que conforma la historia humana. Esa otra historia detrás de la historia me habla acerca de una verdad, quizás la única, la verdad de que Dios es un gran océano cuyas burbujas son las almas y que, cada una de esas burbujas que somos todos, nacemos por Él, existimos por Él y a Él, irremediablemente, vamos a regresar. Él es nuestro sentido. Sri Ramakrishna, sabio que se sometió a arduas disciplinas espirituales a través del Hinduismo, del Cristianismo y del Islam, escribió algo que me resulta maravilloso. Afirmó que si colocamos muchos ceros después del número uno se podría obtener valores de cientos de miles; pero que, al borrar el uno, los ceros pierden todo su valor. Meister Eckhart, místico cristiano, aseguraba que, esas burbujas, esos ceros que nos representan en los ejemplos que te expuse, son chispas de Dios. Eso somos, chispas de Dios.

Esta condición de ser Chispas de Dios es lo que nos brinda la grandeza de ser persona y aquí viene la segunda cosa a través de la cual reflexiono. Nuestra condición de ser Imago Dei, es decir, imagen de Dios, es la semilla de donde brota la flor más hermosa, aquella que nos obsequia en sus aromas y color nuestra condición de Persona y de esta verdad se sostiene toda nuestra dignidad humana. Todos somos personas, ya que todos somos Imagen de Dios, y cuando hablo de todos, me refiero a todos. No hay un solo hombre o una sola mujer en este mundo que no lo sea. Por ello, el hombre, en su esencia es bueno y no debería ser esclavo ni de sí mismo ni de los demás, sino, más bien, un amante, puesto que, como se ha dicho, somos Imagen de Dios y Dios es Amor. Por ello, el único fin del hombre está en el Amor. Dios es Amor y es la Luz, por ello, San Juan nos señala en su Primera Carta que “el que ama a su hermano permanece en la luz y nada lo hace tropezar. Pero el que no ama a su hermano, está en las tinieblas y camina en ellas, sin saber a dónde va, porque las tinieblas lo han enceguecido” Creo que por esta razón, Cristo, nuestro Señor, gritó desde el corazón de su amor humilde: “Padre, perdónalos, ya que no saben lo que hacen”. Otra vez el perdón. Otra vez el amor.

En la Exhortación Apostólica Christifidelis Laici, San Juan Pablo II, afirma que la dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser "hijo en el Hijo" y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.  Y en Pacem in Terris, hermosa carta encíclica de San Juan XXIII, el Santo Padre dice que si consideramos la dignidad de la persona humana a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado aún esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de la gloria eterna.

Al meditar sobre estas cosas, no me cabe duda de cuál ha de ser mi posición frente a lo que nos ocurre como país y sobre lo cual escribí hace semanas en Contrapunto a propósito de lo ocurrido en el semanario francés Charlie Hebdo. Cristo nos dijo "no resistas al que te haga mal; al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, ofrécele la otra". Nos dejó una lección de vida desde su vida que es la única vida real: amar a nuestros enemigos, orar por ellos y vencer al mal con el bien. Este y no otro es el rasgo que distingue al cristiano. Arder en el amor y en el perdón nos hace cristianos, puesto que, entre otras cosas, desde allí se puede acceder a la paz, una paz verdadera. Cristiano es quien acepta el desafío de superar la falta de amor en el otro, llenando ese vacío oscuro con la luz armoniosa de una misericordia verdadera. Cristiano es quien ve a Dios ardiendo en el corazón de todo hombre y de toda mujer, más allá del daño que ese hombre o esa mujer pudieron provocarnos. Esa misericordia verdadera sólo se manifiesta a través del perdón, y no de un perdón superficial y frágil, no de un perdón por cumplir, no de un perdón provocado por el interés del momento, se trata de un perdón total, profundo, inmenso, que busque acariciar la infinitud del amor del Padre. Perdón como aquel que abrió la historia cuando tres clavos atravesaban la carne humana de la más transparente de las inocencias. Perdónanos Padre, dice la oración más sagrada de todas, en la misma medida, honestidad y profundidad en que perdonamos a todos los que nos ofenden.

El perdón es el sustento de la vida y la fortalezas cristianas, de quienes nos asumimos o presumimos de ser hijos de Dios. Negar el perdón, buscar atajos oscuros aparentemente justicieros para no darlo, es, más allá de alejarnos de toda misericordia, más allá de impedir el ser perdonado, es negar radicalmente nuestra condición de cristianos. Quien no perdona no ama, no se ama y, por lo tanto, no puede ser cristiano, así de simple, así de complejo.

Te amo en el Amor de Dios que es eterno, que arde en la vida y no sucumbe ante la muerte.









miércoles, 18 de febrero de 2015

Segunda Carta a Mariela: Sobre la Oración

Querida Mariela, recientemente te escribí acerca del significado del sacrificio y el sufrimiento para el cristiano. El sufrimiento es purificado por la entrega en el sacrificio, en la posibilidad de ofrecerlo por amor hacia los demás, así, de igual manera, nos purificamos nosotros, nos vamos despojando de cuanta cosa nos va haciendo pesado nuestro caminar. Ahora bien, esto nada vale sin la oración, puesto que ella es la base donde se sostiene todo el sistema espiritual del hombre. En los momentos de oración se abre la posibilidad de desafiar a la vida a través del silencio. Un silencio a través del cual nos lanzamos en la búsqueda de un sentido, del sentido de nuestra existencia que no es otro más que reconocernos –y reconocer a los otros– como hijos de Dios. En los momentos de oración entramos en la posibilidad real de conocer a Dios mientras nos vamos conociendo. Cuando nos abrimos a ella retomamos nuestra naturaleza dentro de lo que es verdaderamente permanente, es decir: Dios, a quien miramos, pero no vemos; escuchamos, pero no oímos; sentimos, pero no tocamos, precisamente allí es donde desafiamos a la vida.

Dice el salmista que cuando encomendamos a Dios nuestros afanes, Él nos sustentará y no permitirá jamás que caigamos. San Agustín nos cuestiona la fe preguntándonos por qué nos preocupamos si quien nos hizo nos cuida y lo hace desde antes de nuestro nacimiento. Santa Teresa de Ávila también conoció de esto cuando nos cantaba que nada debía turbarnos, que nada debía espantarnos, ya que todo se pasa y Dios, nuestro Señor, no se muda. Nos recuerda que con paciencia y oración todo puede ser alcanzado, ya que, si tenemos a Dios nada puede faltarnos, ya que él lo es todo.  Cristo, antes de lazarse al odio de los hombre a través de su amor infinito, vencedor de la muerte, tuvo largas horas de profunda oración aquella madrugada en el Getsemaní en cuya profunda oscuridad su condición humana fue puesta a prueba y, gracias a la oración, a su entrega en la oración, terminó comprendiendo que la Voluntad del Padre tenía que ser la Voluntad del Hijo. La vida como la entendemos entra en conflicto, ¿cuál voluntad es la que debemos seguir? ¿la voluntad de Dios o nuestra voluntad? Teniendo en cuenta que lo que entendemos por nuestra voluntad es realmente la voluntad del mundo.

Cuando, antes de dormir, tú y yo nos tomamos de la mano y oramos, ¿el sueño no es más ligero?, ¿acaso la oscuridad de nuestra habitación no cobra un brillo distinto?, ¿no sientes que nuestro amor se hace más fuerte? ¿No es igual para todo? Cuando oramos las palabras que atraviesan el silencio del alma nos van llenando haciendo que nos sintamos unidos a una fuerza más grande y más antigua. Nos transformamos en comunidad que arde alegre dentro de una llama de amor viva. Cuando sufrimos y nos volcamos a la oración aprendemos a reconocer otros valores, ya que el padecimiento nos empuja a reflexionar, a pensar, a sumergirnos en nosotros mismos. No, no se trata de regodearnos en el dolor como lo podrían hacer los masoquistas. El cristiano no ama al dolor ni siente placer con él, de eso no se trata. El ser humano busca alejarse naturalmente del dolor y el cristiano es un ser humano. Sin embargo, cuando éste llega, podemos aceptarlo en su dimensión espiritual, profundizar en él y aprovecharlo como una alternativa para hallar la santidad a través de la oración. Perseveremos en la oración, aunque humanamente podamos pensar que es inútil, perseveremos en la oración, ya que ella, nos dice San Josemaría Escrivá, es siempre fecunda. Recuerda lo que nos enseña el Evangelio: “Pedid y se os dará: buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla: y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas a vuestros hijos, ¡cuántos más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lucas 11, 5-13).

Siempre tuyo en el Señor.

viernes, 13 de febrero de 2015

Primera Carta a Mariela: Sobre el sacrificio

Querida mía, a veces, como sabes, sentimos que todo nos golpea con una dureza que suponemos injusta. En otras ocasiones, es mucho peor. Los problemas caen uno tras otro y sentimos que no tenemos oportunidad de respirar. Vienen como olas que van golpeando las rocas almacenadas en la orilla. Poco a poco, esas olas, van erosionando aquello que se suponía sólido y fuerte hasta que va perdiendo su forma original. Lo mismo ocurre con nuestro corazón cuando las adversidades comienzan a sacudirnos, en muchas oportunidades, removiendo lo más profundo de nosotros. Allí, justo allí, debemos hacer que la fe sea la solidez de nuestro ser y estar en el mundo. No se trata de apelar a la fe como último recurso. Los cristianos debemos vivir en la fe y no acudir a ella cuando nuestras fuerzas nos abandonan, puesto que, por esa razón, por no vivir en la fe, es que nuestras fuerzas nos abandonan. 

Claro está, seguro lo debes estar pensando, esto no es fácil y tienes razón. Se nos hace tan complicado, ya que en nuestra cabeza le damos rienda suelta a una serie de voces que nos aturden haciendo más hondo el hoyo en donde estamos. Esas son las voces que hay que acallar y la única manera que conozco para hacerlo es deteniéndonos un rato, así como cuando limpiamos el cuarto y paramos un rato para recuperar el aire. Detenernos, respirar profundo y ofrecer lo que nos ocurre con mucha fe recordando que ningún ideal se hace realidad sin sacrificio. A tus hijos los pariste con dolor, ofreciste tu cuerpo a un dolor muy profundo por amor para darle la oportunidad de vivir a Miranda y Sebastián, he allí el milagro, allí, en el ofrecimiento por encima del sufrimiento al que nunca estuviste obligada. El amor lo soporta todo, Mariela. El sufrimiento es inevitable, entonces, vamos a dignificarlo desde el amor.

Tomás de Kempis, sacerdote agustino del Siglo XV, escribió en su libro La imitación de Cristo (1418) que es cosa buena para nosotros encontrar, de vez en cuando, dificultades y contrariedades porque hacen que el hombre recapacite sobre sí mismo y, en lo más íntimo, comprenda que es un desterrado y que su esperanza no debe fundamentarse en ninguna cosa de este mundo. Cuando suframos ofrezcamos ese sufrimiento vencidos por el amor, por ese amor que llevamos dentro y que fue puesto allí desde siempre por Dios a través de su aliento divino. Al hacerlo, el sufrimiento termina por humanizarnos y divinizarnos, ya que le damos apertura a la conducción de la voluntad del Padre. Comprendiendo aquello que nos dejó San Pablo en la Segunda Carta a los Corintios: “Apretados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados…Llevamos siempre en nuestros cuerpos la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo….sabiendo que quien resucitó al Señor de entre los muertos, también nos resucitará con Jesús”. 

San Juan Pablo II lentamente se ha vuelto uno de mis guías espirituales junto al Papa, todavía incomprendido, Benedicto XVI y de él he aprendido que mediante la fe nuestros sufrimientos son enriquecidos con nuevo contenido y significado; conocemos también el amor de Aquel que llevó a Cristo a la cruz y, por el sufrimiento, a la unión con todo ser humano. Encarnarnos a esta verdad nos permitirá modificar nuestra conducta, nuestra relación con los otros, con el prójimo que son nuestros hermanos, aunque nos hagan el bien, aunque nos hagan el mal. Acercarnos a una idea que exponía San Josemaría Escrivá de Balaguer al recomendarnos la sonrisa amable para quien nos molesta; silencio ante la acusación injusta; nuestra bondadosa conversación con los irritantes e inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven con nosotros, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, dirá, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior. Dejemos de sentir y de vivir en la idea de que esta o aquella persona nos molesta o fastidia, más bien, entremos en la consciencia de que esas personas, que son nuestros hermanos, tan pecadores y débiles como tú y yo, realmente nos brindan la oportunidad de santificarnos. 

Vivir en paz pasa por hallar la paz en nosotros. Hallar la paz en nosotros pasa por armonizarnos con la realidad. Armonizarnos con la realidad sabiendo que la realidad son todos aquellos que nos rodean. Armonizarnos con ellos, con todos, es descubrir el valor del sacrificio y del perdón. Orar y pedir con fe por aquellos a los que amamos es bueno, pero no tiene tanto mérito como hacerlo por quienes nos han ofendido, nos ofenden y nos ofenderán. Orar con fe y ofrecer nuestro dolor a Dios aunque duela en los huesos de los huesos, de todas maneras, nunca compensaremos lo que Él hizo, hace y seguirá haciendo por ti y por mí. Vivamos en su amor, en armonía con su amor. Venzamos la irracionalidad del odio con la irracionalidad del amor. El perdón nos introduce en el universo de la misericordia y el sacrificio en el sufrimiento nos purifica el alma, el corazón y la mente.

Tuyo siempre. Siempre tuyo.