Querida
mía, en mis dos cartas anteriores te comentaba sobre lo que pienso acerca del
sufrimiento y del valor trascendente del perdón. Creo profundamente en cada
palabra que te escribí. Sin embargo, hoy mi fe está puesta a prueba. Hoy, la
hora que vive nuestro país, me somete a la difícil tarea de verificar qué tan
honestas han sido mis palabras. En esta hora compleja y difícil, me toca
revisar en mi interior, en mi espíritu si tengo la capacidad o no de perdonar
realmente. En esta tercera carta quiero exponerte cómo mi mente y mi alma se
encuentran para traducir el horror del cual estamos siendo testigos.
En primer
lugar pienso de dónde vengo y de dónde venimos todos. Trato de pensar que,
detrás de nuestra historia, hay otra mucho más antigua y profunda trazada a
partir de otros paradigmas, de otras circunstancias. Un historia que no tiene
tiempo ni espacio y que me hace contemporáneo con todos los hombres y mujeres
que han pasado, pasan y pasarán por el plano existencial que conforma la historia
humana. Esa otra historia detrás de la historia me habla acerca de una verdad,
quizás la única, la verdad de que Dios es un gran océano cuyas burbujas son las
almas y que, cada una de esas burbujas que somos todos, nacemos por Él,
existimos por Él y a Él, irremediablemente, vamos a regresar. Él es nuestro
sentido. Sri Ramakrishna, sabio que se sometió a arduas disciplinas
espirituales a través del Hinduismo, del Cristianismo y del Islam, escribió
algo que me resulta maravilloso. Afirmó que si colocamos muchos ceros después del
número uno se podría obtener valores de cientos de miles; pero que, al borrar
el uno, los ceros pierden todo su valor. Meister Eckhart, místico cristiano,
aseguraba que, esas burbujas, esos ceros que nos representan en los ejemplos
que te expuse, son chispas de Dios. Eso somos, chispas de Dios.
Esta
condición de ser Chispas de Dios es lo que nos brinda la grandeza de ser
persona y aquí viene la segunda cosa a través de la cual reflexiono. Nuestra condición
de ser Imago Dei, es decir, imagen de Dios, es la semilla de donde brota la
flor más hermosa, aquella que nos obsequia en sus aromas y color nuestra
condición de Persona y de esta verdad se sostiene toda nuestra dignidad humana.
Todos somos personas, ya que todos somos Imagen de Dios, y cuando hablo de
todos, me refiero a todos. No hay un solo hombre o una sola mujer en este mundo
que no lo sea. Por ello, el hombre, en su esencia es bueno y no debería ser
esclavo ni de sí mismo ni de los demás, sino, más bien, un amante, puesto que,
como se ha dicho, somos Imagen de Dios y Dios es Amor. Por ello, el único fin
del hombre está en el Amor. Dios es Amor y es la Luz, por ello, San Juan nos
señala en su Primera Carta que “el que ama a su hermano permanece en la luz y
nada lo hace tropezar. Pero el que no ama a su hermano, está en las tinieblas y
camina en ellas, sin saber a dónde va, porque las tinieblas lo han enceguecido”
Creo que por esta razón, Cristo, nuestro Señor, gritó desde el corazón de su
amor humilde: “Padre, perdónalos, ya que no saben lo que hacen”. Otra vez el
perdón. Otra vez el amor.
En
la Exhortación Apostólica Christifidelis Laici, San Juan Pablo II, afirma que la dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor
cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y
semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está
llamado a ser "hijo en el Hijo" y templo vivo del Espíritu; y está
destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso
toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de
Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre. Y en Pacem in Terris, hermosa carta encíclica
de San Juan XXIII, el Santo Padre dice que si consideramos la dignidad de la
persona humana a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar
necesariamente en mayor grado aún esta dignidad, ya que los hombres han sido
redimidos con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la
gracia sobrenatural y herederos de la gloria eterna.
Al meditar sobre estas cosas, no me cabe duda de cuál ha de ser mi
posición frente a lo que nos ocurre como país y sobre lo cual escribí hace
semanas en Contrapunto a propósito de lo ocurrido en el semanario francés
Charlie Hebdo. Cristo nos
dijo "no resistas al que te haga mal; al contrario, si alguien te pega en
la mejilla derecha, ofrécele la otra". Nos dejó una lección de vida desde
su vida que es la única vida real: amar a nuestros enemigos, orar por ellos y
vencer al mal con el bien. Este y no otro es el rasgo que distingue al
cristiano. Arder en el amor y en el perdón nos hace cristianos, puesto que, entre
otras cosas, desde allí se puede acceder a la paz, una paz verdadera. Cristiano es quien acepta el desafío
de superar la falta de amor en el otro, llenando ese vacío oscuro con la luz
armoniosa de una misericordia verdadera. Cristiano es quien ve a Dios ardiendo
en el corazón de todo hombre y de toda mujer, más allá del daño que ese hombre
o esa mujer pudieron provocarnos. Esa misericordia verdadera sólo se manifiesta
a través del perdón, y no de un perdón superficial y frágil, no de un perdón
por cumplir, no de un perdón provocado por el interés del momento, se trata de
un perdón total, profundo, inmenso, que busque acariciar la infinitud del amor
del Padre. Perdón como aquel que abrió la historia cuando tres clavos
atravesaban la carne humana de la más transparente de las inocencias.
Perdónanos Padre, dice la oración más sagrada de todas, en la misma medida,
honestidad y profundidad en que perdonamos a todos los que nos ofenden.
El perdón es el sustento de la vida y
la fortalezas cristianas, de quienes nos asumimos o presumimos de ser hijos de
Dios. Negar el perdón, buscar atajos oscuros aparentemente justicieros para no
darlo, es, más allá de alejarnos de toda misericordia, más allá de impedir el
ser perdonado, es negar radicalmente nuestra condición de cristianos. Quien no perdona no ama, no se
ama y, por lo tanto, no puede ser cristiano, así de simple, así de complejo.
Te amo en el Amor de Dios que es eterno, que arde en la vida y no sucumbe
ante la muerte.