miércoles, 24 de junio de 2015

Carta número 13 a Mariela: Sobre la Iglesia de Cristo


Buenos días, madre, sigo trabajando con la nueva encíclica del Papa. Una verdadera maravilla. Un texto lleno de un amor que, sin duda, será incomprendido, en especial, por quienes tienen el control del poder. Verás cómo algunos lo atacarán y otros, muy hipócritamente, lo tergiversarán de manera brutal para justificarse ante el mundo que los ve con profundo recelo. La leo y leo al Papa, leo al padre Bergoglio, leo a un hombre, como tú y como yo, pero que, definitivamente, está llevado por el Espíritu Santo. Lo que irradia Francisco va más allá de cualquier expresión humana y esto lo digo a partir del hecho cierto de que es un hombre. Voy leyendo cada línea e, inevitablemente, me asaltan a la mente muchos hermanos confundidos por sus miedos e ignorancia que lo señalan como un instrumento del Diablo. Vuelvo a recordar acá algo que creo elemental: quien tiene a Dios en su corazón ve a Dios en todos y quien ve al Diablo, pues, ya sabes en dónde está. Leo cada párrafo y me convenzo más de que la Iglesia católica es la Iglesia de Cristo. Me gustaría que compartieras estas líneas con nuestra hija, ya que, quiero explicarte algo que es importante que siempre recordemos cuando pensamos en la Iglesia.

De tiempos de Cristo a nuestros días son muchos los años que han pasado. El hombre ha cambiado mucho dentro y fuera de la Iglesia. Mucho se ha dicho, se ha escrito, se ha pensado y no es insensato suponer que mucho se haya ido perdiendo en el camino, al punto de poder dudar de que nuestra Iglesia sea la misma que fundó Cristo hace tanto tiempo. Nuestra Iglesia ha cometido muchos errores. Errores que constaron la vida de millones de seres humanos. Errores que se tradujeron en el abuso infame a inocentes. Errores terribles que han contribuido, no sólo a que hayamos perdido a muchos hermanos, sino a erigir una leyenda negra que todavía pesa sobre nuestros hombros producto de la desconfianza, más que de grandes verdades. Cuando leemos o escuchamos esas historias terribles resulta comprensible preguntarnos si la Iglesia católica es la Iglesia de Cristo. Creo que para dar respuesta a ello podemos apelar a la historia divina y a la historia humana. La primera de ellas repleta de verdades teológicas complicadas de explicar, al menos para mí, y por lo tanto es poco lo que puedo aportar al respecto, pero sí puedo plantear algunas ideas sobre la historia humana que, además, podemos corroborar con un poquito de investigación.

Creo que para averiguar si la Iglesia católica es la Iglesia de Cristo tenemos dos líneas de tiempo a través de las cuales navegar. Una de ellas, lógicamente, la que podemos llamar como línea petrina que tiene como punto de partida San Pedro, discípulo de Cristo. La segunda línea la que parte de los apóstoles, es decir, sus discípulos directos. Si nuestra Iglesia es la de Cristo, la fundada por él, entonces, caminando hacia atrás deberíamos tropezarnos con estos personajes. Creo que es un juego simple. Voy a intentarlo a ver qué cosa sale.

Según la Iglesia católica, el primer papa fue San Pedro y para ello se fundamenta en los Evangelios que lo señalan como la piedra sobre la cual Jesús construirá su Iglesia. Tras la muerte de san Pedro a manos de los romanos, las comunidades cristianas pasaron a ser regidas por San Lino, a quien la Iglesia señala como segundo Papa. Este personaje aparece en la Biblia en 2 Timoteo 4:21: “Procura venir antes del invierno. Eubulo te saluda, y Pudente, Lino, Claudia y todos los hermanos”. Según la información que se maneja, obviamente no muy abundante, este sucesor de San Padro formaba parte del círculo cercano de San Pablo. A este segundo papa se le atribuye la creación de los primeros obispos y bajo su pontificado fueron asesinados San Marcos y San Lucas. Otras fuentes afirman que fue discípulo de San Pedro y era quien lo sustituía cada vez que su maestro se ausentaba. San Pedro señalaría a San Lino como su sucesor de la misma manera en que Jesús señaló a San Pedro como cabeza de la Iglesia. De la misma manera, San Lino designó a San Anacleto como su sucesor y quien prescribiría la forma de los hábitos eclesiásticos. San Anacleto haría lo mismo con San Clemente que es uno de los primero Padres de la Iglesia o Padres apostólicos. San Clemente fue discípulo de San Pedro. A partir de acá, lo vinculación entre los líderes de aquellas primeras comunidades cristianas quedará estrechamente ligada con el desarrollo de la Iglesia católica de nuestros días.

Tenemos otra posible manera de llegar hasta aquellos días siguiendo la línea de los discípulos de Cristo y ver si se cruza con la Patrística o Padres de la Iglesia en cuyo pensamiento, y guiados por el Espíritu Santo, se desarrollará el cuerpo doctrinal de la Iglesia católica de nuestro días. El más antiguo de ellos es Orígenes que, junto a San Agustín y Santo Tomás, son el trípode de la teología cristiana. Orígenes fue discípulo de San Clemente, cuarto Papa de la Iglesia y discípulo de San Pedro. Este Padre de la Iglesia es el puente directo entre los discípulos de Cristo y el cuerpo doctrinal de la Iglesia católica dentro de la cual, por cierto, se plantea el reconocimiento de María como Madre de Dios y su veneración por parte de los cristianos. Así que, como vemos, allí está el origen de todo. Los discípulos de Cristo, es decir, los hombres que acompañaron al Señor durante su paso por la tierra, son los fundadores de la Santa Iglesia católica.

Ahora bien, qué pasa con las iglesias protestantes. La Iglesia protestante fue fundada por hombres a partir del Siglo XVI y tiene como punto de partida a Juan Calvino y a Martín Lutero quien, hasta el momento de separarse de la Iglesia católica, había sido un fraile agustino, es decir, un seguidor de San Agustín, Padre y Doctor de la Iglesia católica. ¿Por qué se separan? Ambos hombres creyeron que habían sido enviados por Dios para reformar la Iglesia de Cristo. Sin embargo,  en el fondo no había nada espiritual ni divino en las ambiciones de estos hermanos, ya que, las razones de peso fueron políticas. Los protestantes aparecen como consecuencia de un movimiento político, nacido de la ambición de los jefes de estado que vieron en la separación de sus iglesias nacionales de la autoridad de Roma, la mejor manera de acrecentar su poderío y de llegar a ser a la vez jefes espirituales y temporales de sus súbditos.

Estos argumentos que te he escrito son estrictamente históricos, lo cual significa que el universo espiritual va por otro lado. La espiritualidad te obliga a ser coherente y en esa coherencia es donde habita Cristo. Y cómo se es coherente con Cristo, pues, siguiendo las explicaciones del Evangelio, amando lo que él amó como, por ejemplo, a su Santa Madre, y viviendo tu cristianismo a partir de la Iglesia que él mismo fundó. Claro, esto que digo nos empuja irremediablemente a la Iglesia católica, pero, el hombre no se salva por formar parte de una Iglesia. El hombre se salva cuando cumple a cabalidad el precepto dejado por Dios hecho hombre: amar al prójimo como a ti mismo, es decir, darle el trato a todos por llevar en sí la dignidad de ser hijos de Dios.

Bien, ya está esto muy largo, pero creo que podría aclarar muchas dudas que el tiempo y nuestro alejamiento de una bien cimentada cultura de nuestra propia fe nos ha llevado a vivir. 

miércoles, 17 de junio de 2015

Doceava carta a Mariela: Nuevamente sobre la fe


Mi amor, tienes razón en molestarte con mi silencio, pero no lo tomes a mal, si no te había escrito era por estar entretenido pensándote, además el trabajo no ha estado sencillo, lo cual me ha obligado a replantearme varias cosas para el próximo semestre. Seguramente, alguna guía me brindará el Sagrado Corazón de Jesús, cuyo mes estamos celebrando con mucha fe y esperanza los cristianos. Por cierto, hablando de fe, quisiera comentarte que tuve dos conversaciones que apuntaban a ella. Una contigo y otra con la profesora Mary Adán de Morillo, ¿la recuerdas? Sí, claro que la recuerdas. Uno siempre recuerda –y con mucho agrado– a los que fueron buenos profesores. Ambas conversaciones partieron del mismo hecho: la crisis que vivimos. En tu caso me comentabas algo acerca de la música y la depresión, no recuerdo bien, algo que alguien te había dicho sobre estas cosas. La profesora me comentaba acerca de lo duro que se han  vuelto las cosas en el país y, naturalmente, lo que esto termina por hacer en el ánimo de las personas. A las dos les dije básicamente lo mismo: el cristiano no puede deprimirse. No sé si quedaron convencidas con ese latigazo y por ello quisiera explicarme en a través de estas líneas.

Lo primero que debemos pensar ante tal afirmación es por qué somos cristianos y esta pregunta nos lleva a una más elemental: ¿qué es ser cristiano? Esa pregunta se la han hecho muchos desde que Dios se hizo hombre y mostró su rostro amoroso en el rostro de Jesucristo. Creo que fue San Cipriano, Padre de la Iglesia, quien ha sido más claro y contundente al responder que ser cristiano es imitar a Cristo, así de simple, así de complejo. El ejemplo más claro, más nítido de ello fue su madre, María, siempre Virgen. La Virgen llena de la Gracia Divina asumió la responsabilidad de ser la primera cristiana antes de Cristo, aunque Cristo haya sido antes que todo sobre este mundo. Asumió la responsabilidad de hacer de su fe la bisagra entre su ser y su hacer, entre su palabra y su acción, entre la teoría y la práctica, es decir, en pocas palabras, fue coherente con su fe hasta en los momentos de dolor más extremo ¿Por qué? ¿Por qué dejarse someter a un dolor tan punzante y no haber decidido por otro camino?, digamos, uno más sencillo, más cercano a su comodidad y tranquilidad humana y espiritual. Ella pudo haber dicho no y no tener que contemplar desde la impotencia más terrible el hecho de ver a su hijo ser sometido a un sufrimiento brutalmente inhumano, sólo por mencionar una de las tantas cosas que padeció por su Sí. La respuesta es la Fe, pero, la Fe en qué.

La fe de los cristianos brota de nuestra esperanza y para comprender la magnitud de nuestra fe tenemos que preguntarnos en qué hemos fundamentado nuestra esperanza, y presiento que la esperanza guarda mucha relación con el amor que sentimos apasionadamente por alguien o algo, puesto que, así como el amor, la esperanza nos impulsa hacia eso que esperamos desde lo más profundo de nuestro corazón. La esperanza está estrechamente ligada a lo que queremos, a lo que deseamos, en fin, a lo que esperamos. Disculpa que me vaya a poner pesado, pero, no puedo evitarlo, y me toca nombrarte gente en la cual me apoyo para poder comprender muchas cosas que me ocurren, que nos ocurren. Creo que Arthur Schopenhauer, pensador alemán, brinda muchas luces sobre este punto en el cual estoy en la carta. Este hombre del siglo XIX salió desesperadamente en busca del amor como lo indicaba su época y lo hizo con esa esperanza romántica tan desmedida en espíritus como él. Sin embargo, no tuvo éxito, no pude acceder al universo gozoso de la mujer y esto lo llevó, más allá de amargarse –cosa comprensible, sin duda– a desarrollar una idea que es la que quiero compartir contigo en estas líneas. Una idea que se desprende del acercamiento de Schopenhauer con algunas sabidurías de Oriente, que también expone el Cristianismo, pero que, por su complejidad y el buen trabajo que ha hecho el mundo con nosotros, pues, nos resulta cuesta arriba complicando muchas cosas, entre ellas, llevar con coherencia nuestra fe. ¿Qué puede decirnos sobre el amor un hombre que fue un total fracaso en los asuntos del amor? Creo que nos puede decir mucho, y te lo diré, pero en un par de horas, debo correr en este momento al salón de clase para atender mi curso de Humanismo Cristiano.

Listo. Muy bien, continúo, Schopenhauer desarrolló todo su pensamiento a partir del dolor lo cual le abrió una visión tremendamente pesimista de la realidad y ese pesimismo lo alimentó, entre otras cosas, con la antigua sabiduría oriental, particularmente del budismo.  Este hombre se hizo una pregunta existencial que sería bueno replantearnos hoy: ¿cómo podemos escapar del sufrimiento de la existencia? El alemán apunta al mundo como el principal responsable de nuestro sufrimiento, puesto que lo percibe como un caos perverso que sólo anhela, que sólo busca poseer y que, ese afán de posesión, es inyectado en nosotros para nuestra desgracia. Schopenhauer señala que el camino para poder superar los traumas que nos inocula el mundo es la razón. La razón, según él, es el único mecanismo del cual dispone el hombre para no caer en el juego del querer y no poder tener que impone el mundo. El mundo nos somete a su voluntad de desear cosas que luego son desprovistas de valor por la razón, ya que, nos las muestras tal y como son. El amor, entendido por los hombres, se reduce a querer tener y a desear poseer al ser amado, sólo que, el ser humano termina esclavizado del deseo por el deseo mismo y el deseo jamás podrá ser satisfecho, ya que nunca dejaremos de desear.  Por su supuesto, no poder satisfacer ese deseo alimenta el sufrimiento haciéndonos seres desgraciados y lamentables. De esto se aprovechó el consumismo para complicarnos más la existencia haciendo que todos los valores fuesen transformados y, por ejemplo, el valor del ser humano pasó a ser animado por otras cosas que nada tienen que ver, como por ejemplo: el dinero. Tanto tienes, tanto vales. Schopenhauer apela a la razón y yo apelo a la fe, pero no a una fe ciega sin sentido, esa fe me resulta consuelo de tontos. La fe debe tener algo de razón y la razón debe tener algo de fe.

El cristiano no debe deprimirse, ya que la fe no lo permite y la fe no es un asunto misterioso y extraño, sino una postura existencial, es la brújula que orienta la existencia humana. Pienso en esto y recuerdo a San Juan Pablo II quien tuvo que sortear, desde la fe, al nazismo, al comunismo y a su propia condición física que, muchas veces, atentó contra su misión. San Juan Pablo II nos muestra con exactitud qué cosa es la fe: un amor que se apropia de nosotros mostrándonos un camino que hay que recorrer aunque este sea penoso, pues nos afirma y reafirma en que la ruta del hombre es hacia Dios y no a otra cosa. La fe nos dice que el futuro prevalece sobre el presente y es allí donde se centra nuestra esperanza. No digo que no haya que preocuparse. Sin duda, lo que vivimos preocupa y de las cosas que nos preocupan hay que ocuparse, pero, en modo alguno, ceder existencialmente ante ellas, ya que esas preocupaciones están sometidas a los vaivenes de la cotidianidad. La fe nos mantiene firmes ante ese ir y venir de las cosas, pues su semilla es la certeza de que Dios es quien ofrece al hombre el futuro y por ello implica vivir en el espíritu de la confianza. Esta verdad nos abre a, como dice Benedicto XVI, salir del mundo de lo calculable y diario para abrirnos a un contacto con lo eterno. La fe nos conduce por el ánimo de pensar que en la vida humana se podría girar alrededor de algo más que el pan de mañana y el dinero de pasado mañana. No digo con esto que vamos a comer fe y que con fe llenamos los platos de los hijos hambrientos, me refiero a que la fe nos permite vivir con dignidad las adversidades y no caer en la desesperación que nada bueno aconseja. Hace días escribí un ensayito respondiendo a la pregunta acerca de dónde nace la angustia y como allí dije, la angustia nace del miedo, pero sin duda muere en la fe. La fe y la esperanza, la fuerza que de ellas emana, no permiten la tribulación, por eso Santa Teresa nos recuerda que nada debe perturbarnos ni espantarnos, ya que todo se pasa y Dios no se muda. Vamos a abandonarnos a Dios a través de la fe. Hemos tenido más de una prueba de que nos acompaña, de que está con nosotros y no nos desampara, por eso, por ese gesto de amor hacia nosotros, no podemos perder la fe en Él, la esperanza en un mañana siempre estará allí, esperando por nosotros, pero creo, y esto lo creo personalmente, ese mañana hay que sabérselo ganar y sólo se gana, justamente, a través de una fe sólida que nos da solidez.

No te desesperes, todo esto va a pasar, triunfaremos y saldremos de esto muy fortalecidos.


Te amo desde esta fe que me gozo en testimoniar.