miércoles, 17 de junio de 2015

Doceava carta a Mariela: Nuevamente sobre la fe


Mi amor, tienes razón en molestarte con mi silencio, pero no lo tomes a mal, si no te había escrito era por estar entretenido pensándote, además el trabajo no ha estado sencillo, lo cual me ha obligado a replantearme varias cosas para el próximo semestre. Seguramente, alguna guía me brindará el Sagrado Corazón de Jesús, cuyo mes estamos celebrando con mucha fe y esperanza los cristianos. Por cierto, hablando de fe, quisiera comentarte que tuve dos conversaciones que apuntaban a ella. Una contigo y otra con la profesora Mary Adán de Morillo, ¿la recuerdas? Sí, claro que la recuerdas. Uno siempre recuerda –y con mucho agrado– a los que fueron buenos profesores. Ambas conversaciones partieron del mismo hecho: la crisis que vivimos. En tu caso me comentabas algo acerca de la música y la depresión, no recuerdo bien, algo que alguien te había dicho sobre estas cosas. La profesora me comentaba acerca de lo duro que se han  vuelto las cosas en el país y, naturalmente, lo que esto termina por hacer en el ánimo de las personas. A las dos les dije básicamente lo mismo: el cristiano no puede deprimirse. No sé si quedaron convencidas con ese latigazo y por ello quisiera explicarme en a través de estas líneas.

Lo primero que debemos pensar ante tal afirmación es por qué somos cristianos y esta pregunta nos lleva a una más elemental: ¿qué es ser cristiano? Esa pregunta se la han hecho muchos desde que Dios se hizo hombre y mostró su rostro amoroso en el rostro de Jesucristo. Creo que fue San Cipriano, Padre de la Iglesia, quien ha sido más claro y contundente al responder que ser cristiano es imitar a Cristo, así de simple, así de complejo. El ejemplo más claro, más nítido de ello fue su madre, María, siempre Virgen. La Virgen llena de la Gracia Divina asumió la responsabilidad de ser la primera cristiana antes de Cristo, aunque Cristo haya sido antes que todo sobre este mundo. Asumió la responsabilidad de hacer de su fe la bisagra entre su ser y su hacer, entre su palabra y su acción, entre la teoría y la práctica, es decir, en pocas palabras, fue coherente con su fe hasta en los momentos de dolor más extremo ¿Por qué? ¿Por qué dejarse someter a un dolor tan punzante y no haber decidido por otro camino?, digamos, uno más sencillo, más cercano a su comodidad y tranquilidad humana y espiritual. Ella pudo haber dicho no y no tener que contemplar desde la impotencia más terrible el hecho de ver a su hijo ser sometido a un sufrimiento brutalmente inhumano, sólo por mencionar una de las tantas cosas que padeció por su Sí. La respuesta es la Fe, pero, la Fe en qué.

La fe de los cristianos brota de nuestra esperanza y para comprender la magnitud de nuestra fe tenemos que preguntarnos en qué hemos fundamentado nuestra esperanza, y presiento que la esperanza guarda mucha relación con el amor que sentimos apasionadamente por alguien o algo, puesto que, así como el amor, la esperanza nos impulsa hacia eso que esperamos desde lo más profundo de nuestro corazón. La esperanza está estrechamente ligada a lo que queremos, a lo que deseamos, en fin, a lo que esperamos. Disculpa que me vaya a poner pesado, pero, no puedo evitarlo, y me toca nombrarte gente en la cual me apoyo para poder comprender muchas cosas que me ocurren, que nos ocurren. Creo que Arthur Schopenhauer, pensador alemán, brinda muchas luces sobre este punto en el cual estoy en la carta. Este hombre del siglo XIX salió desesperadamente en busca del amor como lo indicaba su época y lo hizo con esa esperanza romántica tan desmedida en espíritus como él. Sin embargo, no tuvo éxito, no pude acceder al universo gozoso de la mujer y esto lo llevó, más allá de amargarse –cosa comprensible, sin duda– a desarrollar una idea que es la que quiero compartir contigo en estas líneas. Una idea que se desprende del acercamiento de Schopenhauer con algunas sabidurías de Oriente, que también expone el Cristianismo, pero que, por su complejidad y el buen trabajo que ha hecho el mundo con nosotros, pues, nos resulta cuesta arriba complicando muchas cosas, entre ellas, llevar con coherencia nuestra fe. ¿Qué puede decirnos sobre el amor un hombre que fue un total fracaso en los asuntos del amor? Creo que nos puede decir mucho, y te lo diré, pero en un par de horas, debo correr en este momento al salón de clase para atender mi curso de Humanismo Cristiano.

Listo. Muy bien, continúo, Schopenhauer desarrolló todo su pensamiento a partir del dolor lo cual le abrió una visión tremendamente pesimista de la realidad y ese pesimismo lo alimentó, entre otras cosas, con la antigua sabiduría oriental, particularmente del budismo.  Este hombre se hizo una pregunta existencial que sería bueno replantearnos hoy: ¿cómo podemos escapar del sufrimiento de la existencia? El alemán apunta al mundo como el principal responsable de nuestro sufrimiento, puesto que lo percibe como un caos perverso que sólo anhela, que sólo busca poseer y que, ese afán de posesión, es inyectado en nosotros para nuestra desgracia. Schopenhauer señala que el camino para poder superar los traumas que nos inocula el mundo es la razón. La razón, según él, es el único mecanismo del cual dispone el hombre para no caer en el juego del querer y no poder tener que impone el mundo. El mundo nos somete a su voluntad de desear cosas que luego son desprovistas de valor por la razón, ya que, nos las muestras tal y como son. El amor, entendido por los hombres, se reduce a querer tener y a desear poseer al ser amado, sólo que, el ser humano termina esclavizado del deseo por el deseo mismo y el deseo jamás podrá ser satisfecho, ya que nunca dejaremos de desear.  Por su supuesto, no poder satisfacer ese deseo alimenta el sufrimiento haciéndonos seres desgraciados y lamentables. De esto se aprovechó el consumismo para complicarnos más la existencia haciendo que todos los valores fuesen transformados y, por ejemplo, el valor del ser humano pasó a ser animado por otras cosas que nada tienen que ver, como por ejemplo: el dinero. Tanto tienes, tanto vales. Schopenhauer apela a la razón y yo apelo a la fe, pero no a una fe ciega sin sentido, esa fe me resulta consuelo de tontos. La fe debe tener algo de razón y la razón debe tener algo de fe.

El cristiano no debe deprimirse, ya que la fe no lo permite y la fe no es un asunto misterioso y extraño, sino una postura existencial, es la brújula que orienta la existencia humana. Pienso en esto y recuerdo a San Juan Pablo II quien tuvo que sortear, desde la fe, al nazismo, al comunismo y a su propia condición física que, muchas veces, atentó contra su misión. San Juan Pablo II nos muestra con exactitud qué cosa es la fe: un amor que se apropia de nosotros mostrándonos un camino que hay que recorrer aunque este sea penoso, pues nos afirma y reafirma en que la ruta del hombre es hacia Dios y no a otra cosa. La fe nos dice que el futuro prevalece sobre el presente y es allí donde se centra nuestra esperanza. No digo que no haya que preocuparse. Sin duda, lo que vivimos preocupa y de las cosas que nos preocupan hay que ocuparse, pero, en modo alguno, ceder existencialmente ante ellas, ya que esas preocupaciones están sometidas a los vaivenes de la cotidianidad. La fe nos mantiene firmes ante ese ir y venir de las cosas, pues su semilla es la certeza de que Dios es quien ofrece al hombre el futuro y por ello implica vivir en el espíritu de la confianza. Esta verdad nos abre a, como dice Benedicto XVI, salir del mundo de lo calculable y diario para abrirnos a un contacto con lo eterno. La fe nos conduce por el ánimo de pensar que en la vida humana se podría girar alrededor de algo más que el pan de mañana y el dinero de pasado mañana. No digo con esto que vamos a comer fe y que con fe llenamos los platos de los hijos hambrientos, me refiero a que la fe nos permite vivir con dignidad las adversidades y no caer en la desesperación que nada bueno aconseja. Hace días escribí un ensayito respondiendo a la pregunta acerca de dónde nace la angustia y como allí dije, la angustia nace del miedo, pero sin duda muere en la fe. La fe y la esperanza, la fuerza que de ellas emana, no permiten la tribulación, por eso Santa Teresa nos recuerda que nada debe perturbarnos ni espantarnos, ya que todo se pasa y Dios no se muda. Vamos a abandonarnos a Dios a través de la fe. Hemos tenido más de una prueba de que nos acompaña, de que está con nosotros y no nos desampara, por eso, por ese gesto de amor hacia nosotros, no podemos perder la fe en Él, la esperanza en un mañana siempre estará allí, esperando por nosotros, pero creo, y esto lo creo personalmente, ese mañana hay que sabérselo ganar y sólo se gana, justamente, a través de una fe sólida que nos da solidez.

No te desesperes, todo esto va a pasar, triunfaremos y saldremos de esto muy fortalecidos.


Te amo desde esta fe que me gozo en testimoniar. 

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