Mi amor, tienes razón en molestarte con mi silencio, pero no
lo tomes a mal, si no te había escrito era por estar entretenido pensándote,
además el trabajo no ha estado sencillo, lo cual me ha obligado a replantearme
varias cosas para el próximo semestre. Seguramente, alguna guía me brindará el
Sagrado Corazón de Jesús, cuyo mes estamos celebrando con mucha fe y esperanza
los cristianos. Por cierto, hablando de fe, quisiera comentarte que tuve dos
conversaciones que apuntaban a ella. Una contigo y otra con la profesora Mary
Adán de Morillo, ¿la recuerdas? Sí, claro que la recuerdas. Uno siempre
recuerda –y con mucho agrado– a los que fueron buenos profesores. Ambas
conversaciones partieron del mismo hecho: la crisis que vivimos. En tu caso me
comentabas algo acerca de la música y la depresión, no recuerdo bien, algo que
alguien te había dicho sobre estas cosas. La profesora me comentaba acerca de
lo duro que se han vuelto las cosas en
el país y, naturalmente, lo que esto termina por hacer en el ánimo de las
personas. A las dos les dije básicamente lo mismo: el cristiano no puede
deprimirse. No sé si quedaron convencidas con ese latigazo y por ello quisiera
explicarme en a través de estas líneas.
Lo primero que debemos pensar ante tal afirmación es por qué
somos cristianos y esta pregunta nos lleva a una más elemental: ¿qué es ser
cristiano? Esa pregunta se la han hecho muchos desde que Dios se hizo hombre y
mostró su rostro amoroso en el rostro de Jesucristo. Creo que fue San Cipriano,
Padre de la Iglesia, quien ha sido más claro y contundente al responder que ser
cristiano es imitar a Cristo, así de simple, así de complejo. El ejemplo más
claro, más nítido de ello fue su madre, María, siempre Virgen. La Virgen llena de
la Gracia Divina asumió la responsabilidad de ser la primera cristiana antes de
Cristo, aunque Cristo haya sido antes que todo sobre este mundo. Asumió la
responsabilidad de hacer de su fe la bisagra entre su ser y su hacer, entre su
palabra y su acción, entre la teoría y la práctica, es decir, en pocas
palabras, fue coherente con su fe hasta en los momentos de dolor más extremo
¿Por qué? ¿Por qué dejarse someter a un dolor tan punzante y no haber decidido
por otro camino?, digamos, uno más sencillo, más cercano a su comodidad y
tranquilidad humana y espiritual. Ella pudo haber dicho no y no tener que
contemplar desde la impotencia más terrible el hecho de ver a su hijo ser
sometido a un sufrimiento brutalmente inhumano, sólo por mencionar una de las
tantas cosas que padeció por su Sí. La respuesta es la Fe, pero, la Fe en qué.
La fe de los cristianos brota de nuestra esperanza y para
comprender la magnitud de nuestra fe tenemos que preguntarnos en qué hemos fundamentado
nuestra esperanza, y presiento que la esperanza guarda mucha relación con el
amor que sentimos apasionadamente por alguien o algo, puesto que, así como el
amor, la esperanza nos impulsa hacia eso que esperamos desde lo más profundo de
nuestro corazón. La esperanza está estrechamente ligada a lo que queremos, a lo
que deseamos, en fin, a lo que esperamos. Disculpa que me vaya a poner pesado,
pero, no puedo evitarlo, y me toca nombrarte gente en la cual me apoyo para
poder comprender muchas cosas que me ocurren, que nos ocurren. Creo que Arthur
Schopenhauer, pensador alemán, brinda muchas luces sobre este punto en el cual
estoy en la carta. Este hombre del siglo XIX salió desesperadamente en busca
del amor como lo indicaba su época y lo hizo con esa esperanza romántica tan
desmedida en espíritus como él. Sin embargo, no tuvo éxito, no pude acceder al
universo gozoso de la mujer y esto lo llevó, más allá de amargarse –cosa
comprensible, sin duda– a desarrollar una idea que es la que quiero compartir
contigo en estas líneas. Una idea que se desprende del acercamiento de
Schopenhauer con algunas sabidurías de Oriente, que también expone el
Cristianismo, pero que, por su complejidad y el buen trabajo que ha hecho el
mundo con nosotros, pues, nos resulta cuesta arriba complicando muchas cosas,
entre ellas, llevar con coherencia nuestra fe. ¿Qué puede decirnos sobre el
amor un hombre que fue un total fracaso en los asuntos del amor? Creo que nos
puede decir mucho, y te lo diré, pero en un par de horas, debo correr en este
momento al salón de clase para atender mi curso de Humanismo Cristiano.
Listo. Muy bien, continúo, Schopenhauer desarrolló todo su
pensamiento a partir del dolor lo cual le abrió una visión tremendamente
pesimista de la realidad y ese pesimismo lo alimentó, entre otras cosas, con la
antigua sabiduría oriental, particularmente del budismo. Este hombre se hizo una pregunta existencial
que sería bueno replantearnos hoy: ¿cómo podemos escapar del sufrimiento de la
existencia? El alemán apunta al mundo como el principal responsable de nuestro
sufrimiento, puesto que lo percibe como un caos perverso que sólo anhela, que
sólo busca poseer y que, ese afán de posesión, es inyectado en nosotros para
nuestra desgracia. Schopenhauer señala que el camino para poder superar los
traumas que nos inocula el mundo es la razón. La razón, según él, es el único
mecanismo del cual dispone el hombre para no caer en el juego del querer y no
poder tener que impone el mundo. El mundo nos somete a su voluntad de desear
cosas que luego son desprovistas de valor por la razón, ya que, nos las
muestras tal y como son. El amor, entendido por los hombres, se reduce a querer
tener y a desear poseer al ser amado, sólo que, el ser humano termina
esclavizado del deseo por el deseo mismo y el deseo jamás podrá ser satisfecho,
ya que nunca dejaremos de desear. Por su
supuesto, no poder satisfacer ese deseo alimenta el sufrimiento haciéndonos
seres desgraciados y lamentables. De esto se aprovechó el consumismo para complicarnos
más la existencia haciendo que todos los valores fuesen transformados y, por
ejemplo, el valor del ser humano pasó a ser animado por otras cosas que nada
tienen que ver, como por ejemplo: el dinero. Tanto tienes, tanto vales. Schopenhauer
apela a la razón y yo apelo a la fe, pero no a una fe ciega sin sentido, esa fe
me resulta consuelo de tontos. La fe debe tener algo de razón y la razón debe
tener algo de fe.
El cristiano no debe deprimirse, ya que la fe no lo permite y
la fe no es un asunto misterioso y extraño, sino una postura existencial, es la
brújula que orienta la existencia humana. Pienso en esto y recuerdo a San Juan
Pablo II quien tuvo que sortear, desde la fe, al nazismo, al comunismo y a su
propia condición física que, muchas veces, atentó contra su misión. San Juan
Pablo II nos muestra con exactitud qué cosa es la fe: un amor que se apropia de
nosotros mostrándonos un camino que hay que recorrer aunque este sea penoso,
pues nos afirma y reafirma en que la ruta del hombre es hacia Dios y no a otra
cosa. La fe nos dice que el futuro prevalece sobre el presente y es allí donde
se centra nuestra esperanza. No digo que no haya que preocuparse. Sin duda, lo
que vivimos preocupa y de las cosas que nos preocupan hay que ocuparse, pero,
en modo alguno, ceder existencialmente ante ellas, ya que esas preocupaciones
están sometidas a los vaivenes de la cotidianidad. La fe nos mantiene firmes ante
ese ir y venir de las cosas, pues su semilla es la certeza de que Dios es quien
ofrece al hombre el futuro y por ello implica vivir en el espíritu de la
confianza. Esta verdad nos abre a, como dice Benedicto XVI, salir del mundo de
lo calculable y diario para abrirnos a un contacto con lo eterno. La fe nos
conduce por el ánimo de pensar que en la vida humana se podría girar alrededor
de algo más que el pan de mañana y el dinero de pasado mañana. No digo con esto
que vamos a comer fe y que con fe llenamos los platos de los hijos hambrientos,
me refiero a que la fe nos permite vivir con dignidad las adversidades y no caer
en la desesperación que nada bueno aconseja. Hace días escribí un ensayito
respondiendo a la pregunta acerca de dónde nace la angustia y como allí dije,
la angustia nace del miedo, pero sin duda muere en la fe. La fe y la esperanza,
la fuerza que de ellas emana, no permiten la tribulación, por eso Santa Teresa
nos recuerda que nada debe perturbarnos ni espantarnos, ya que todo se pasa y
Dios no se muda. Vamos a abandonarnos a Dios a través de la fe. Hemos tenido
más de una prueba de que nos acompaña, de que está con nosotros y no nos
desampara, por eso, por ese gesto de amor hacia nosotros, no podemos perder la
fe en Él, la esperanza en un mañana siempre estará allí, esperando por
nosotros, pero creo, y esto lo creo personalmente, ese mañana hay que sabérselo
ganar y sólo se gana, justamente, a través de una fe sólida que nos da solidez.
No
te desesperes, todo esto va a pasar, triunfaremos y saldremos de esto muy
fortalecidos.
Te
amo desde esta fe que me gozo en testimoniar.

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