miércoles, 18 de febrero de 2015

Segunda Carta a Mariela: Sobre la Oración

Querida Mariela, recientemente te escribí acerca del significado del sacrificio y el sufrimiento para el cristiano. El sufrimiento es purificado por la entrega en el sacrificio, en la posibilidad de ofrecerlo por amor hacia los demás, así, de igual manera, nos purificamos nosotros, nos vamos despojando de cuanta cosa nos va haciendo pesado nuestro caminar. Ahora bien, esto nada vale sin la oración, puesto que ella es la base donde se sostiene todo el sistema espiritual del hombre. En los momentos de oración se abre la posibilidad de desafiar a la vida a través del silencio. Un silencio a través del cual nos lanzamos en la búsqueda de un sentido, del sentido de nuestra existencia que no es otro más que reconocernos –y reconocer a los otros– como hijos de Dios. En los momentos de oración entramos en la posibilidad real de conocer a Dios mientras nos vamos conociendo. Cuando nos abrimos a ella retomamos nuestra naturaleza dentro de lo que es verdaderamente permanente, es decir: Dios, a quien miramos, pero no vemos; escuchamos, pero no oímos; sentimos, pero no tocamos, precisamente allí es donde desafiamos a la vida.

Dice el salmista que cuando encomendamos a Dios nuestros afanes, Él nos sustentará y no permitirá jamás que caigamos. San Agustín nos cuestiona la fe preguntándonos por qué nos preocupamos si quien nos hizo nos cuida y lo hace desde antes de nuestro nacimiento. Santa Teresa de Ávila también conoció de esto cuando nos cantaba que nada debía turbarnos, que nada debía espantarnos, ya que todo se pasa y Dios, nuestro Señor, no se muda. Nos recuerda que con paciencia y oración todo puede ser alcanzado, ya que, si tenemos a Dios nada puede faltarnos, ya que él lo es todo.  Cristo, antes de lazarse al odio de los hombre a través de su amor infinito, vencedor de la muerte, tuvo largas horas de profunda oración aquella madrugada en el Getsemaní en cuya profunda oscuridad su condición humana fue puesta a prueba y, gracias a la oración, a su entrega en la oración, terminó comprendiendo que la Voluntad del Padre tenía que ser la Voluntad del Hijo. La vida como la entendemos entra en conflicto, ¿cuál voluntad es la que debemos seguir? ¿la voluntad de Dios o nuestra voluntad? Teniendo en cuenta que lo que entendemos por nuestra voluntad es realmente la voluntad del mundo.

Cuando, antes de dormir, tú y yo nos tomamos de la mano y oramos, ¿el sueño no es más ligero?, ¿acaso la oscuridad de nuestra habitación no cobra un brillo distinto?, ¿no sientes que nuestro amor se hace más fuerte? ¿No es igual para todo? Cuando oramos las palabras que atraviesan el silencio del alma nos van llenando haciendo que nos sintamos unidos a una fuerza más grande y más antigua. Nos transformamos en comunidad que arde alegre dentro de una llama de amor viva. Cuando sufrimos y nos volcamos a la oración aprendemos a reconocer otros valores, ya que el padecimiento nos empuja a reflexionar, a pensar, a sumergirnos en nosotros mismos. No, no se trata de regodearnos en el dolor como lo podrían hacer los masoquistas. El cristiano no ama al dolor ni siente placer con él, de eso no se trata. El ser humano busca alejarse naturalmente del dolor y el cristiano es un ser humano. Sin embargo, cuando éste llega, podemos aceptarlo en su dimensión espiritual, profundizar en él y aprovecharlo como una alternativa para hallar la santidad a través de la oración. Perseveremos en la oración, aunque humanamente podamos pensar que es inútil, perseveremos en la oración, ya que ella, nos dice San Josemaría Escrivá, es siempre fecunda. Recuerda lo que nos enseña el Evangelio: “Pedid y se os dará: buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla: y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas a vuestros hijos, ¡cuántos más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lucas 11, 5-13).

Siempre tuyo en el Señor.

3 comentarios:

  1. Muy bueno. Lo compartiré con mis parientes.

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  2. Me hace reflexionar sobre el mensaje del calendario de la cuaresma para el día de hoy: Déjate ser pequeño. Acepta tu pequeñez y evita la soberbia y el orgullo.

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