Buenos días, amor,
tenía varios días sin poderte escribir y ha querido Dios que sea hoy, viernes 1
de mayo, puerta al mes dedicado al amor más grande: el amor de Madre, por ello,
los cristianos nos unimos para celebrar a María, la siempre Virgen, la madre
del Amor, la madre de Dios. Al ser madre de Dios es, lógicamente, madre de
todos los hombres. Durante este mes de mayo mis escritos, todos, estarán
dedicados a ella que, en cierta medida sería como dedicártelos a ti, ya que
eres madre y eres amor, parte de ese amor derramado por Dios en este mundo para
que yo te ame amándote sin medida. El amor es y será siempre fuerza
unificadora, núcleo de la Trinidad y de la Iglesia, núcleo vital que da vida,
vida nueva, a la vida de los seres humanos. Somos los testigos de ese amor del
amor. Testigos del amor de Dios, amor perfecto, dulce, suave, paz verdadera y
seguridad, como escribe Santa Gertrudis La Grande: amor que eleva a la
perfección todas las virtudes y le brinda salud al espíritu.
A ese amor he dedicado
mis dos artículos de este fin de semana. El sábado en Monitor 1867 publicarán un pequeño texto sobre la concepción del
amor tejida desde la idea del amor en Chiara Lubich, fundadora del Movimiento
de los Focolares. Cuando Chiara habla de amor de qué está
hablando realmente, habla al dinamismo que empuja a todo ser hacia aquello que
es un alter, puesto que ese es el
dinamismo del amor. No podríamos tener el deseo de Dios o la aspiración hacia
lo divino si ello nos fuera
absolutamente extraño y ese maravilloso dinamismo muestra su vigencia desde la
Trinidad hasta la última partícula elemental de la materia. En tal sentido,
Dios es Amor y todas sus implicaciones que, al mismo tiempo –y en Dios nos hay
tiempo puesto que es eterno– está más allá de todo dualismo, razón por la cual,
Dios es un Amor que está más allá del amor, nos referimos con esto al carácter
dual de la concepción humana del amor. El domingo, en Contrapunto, me publicarán el texto “En ti todo se llama amor”. Un
texto que busca acercarse al discurso del misticismo cristiano, particularmente
a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Santa María Magdalena de Pazzi. Un
texto que busca degustar desde la palabra, siempre maltrecha, la pureza diáfana
de un amor más allá de toda palabra. En ese texto te hago un pequeño homenaje,
ya lo leerás.
Dos textos que brotan de
cuatro preguntas que ya se hacían los místicos cristianos: ¿este amor es de
origen divino o humano?, ¿es acaso una experiencia que el hombre, dominado, experimenta
de manera pasiva, o, por el contrario, es una acto de la libertad en la cual el
hombre dispone de sí mismo? ¿es acaso fusión con lo Divino y la disolución en
su seno, o permite que subsista una distinción entre Dios y el hombre? ¿este
amor corta contacto con el mundo o abre una vía de acceso a él? Esas respuesta,
supongo, quedarán sujetas a la subjetividad inevitable. En todo caso, lo que me
queda bastante claro es que, al menos, para los místicos, el Cantar de los Cantares resulta el texto
de donde mana toda el agua que calma esta sed amorosa. De allí parece surgir
todo el desbordamiento metafórico que engalanan todos estos textos. Cristo
percibido desde el Amante amoroso que busca acariciar el Alma, a la Amante o,
si se quiere, a su Iglesia, esposa eterna de este eterno amor. El esposo y la
esposa, El Amante y la Amada, tú y yo: el amor que crece desde el amor que
crece desde el amor que crece.
“Por el amor de tu amor, escribe Santa Gertrudis de Helfta en sus Ejercicios
espirituales, haz que lleve siempre sobre mis hombros el yugo suave y la
carga ligera de tus preceptos, que conserve siempre sobre mi pecho, como un
ramillete de mirra, la señal de tu santa fe. Así tú permanecerás crucificado
para mí, clavado siempre en mi corazón”. Así recibo el mes de mayo, con total apertura
amorosa para que un amor más grande que todos los amores me haga parte de sí
mismo y me abra a ti, mi esposa, mi abra a los demás y así ser, ya no testigo,
sino testimonio de su esencia divina. Celebremos amándonos este mes del amor,
este mes de María, nuestra madre, la madre de todos.
Tuyo siempre en el amor de Dios.
Laus Deo. Pax et Bonum

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