viernes, 10 de abril de 2015

Décima Carta a Mariela: Sobre mi intolerancia


Querida mía, esta carta será bastante breve en cuanto a lo que tengo que decir. Se trata, sin duda, de mí, gracias a Dios, poco frecuente intolerancia. Esto es algo que, sin duda, tengo que trabajar mucho. No sé por qué estas cosas me pasan eventualmente, en especial, por cómo se ha dado mi formación espiritual. Soy católico, profundamente católico, aunque sigo en este proceso de descubrimiento que siempre ofrece la fe. Descubrimiento de la belleza de la Iglesia y descubrimiento personal. Sin embargo, hay otras referencias espirituales en mí que son tan válidas y legítimas como las de otros, aunque puedan ser diametralmente opuestas. Soy católico, pero mi paso por lecturas del Hinduismo y del Budismo han dejado sus huellas, en algunos casos, indelebles.

No puedo pretender asumir la absurda posición de que el único camino que conduce a Dios es el que, qué cosas, yo camino. Hubo sabio de la India llamado Sri Ramakrishna, hombre que se consagró a buscar a Dios a través de distintos caminos como el hinduismo, el cristianismo y el islamismo, que describió la relación del hombre con Dios a través de una historia que, más o menos, dice así: Cuatro ciegos se reunieron para examinar un elefante. Uno de ellos tocó una pierna del elefante, y dijo: "El elefante es como un pilar". Otro tocó la trompa, y dijo: "El elefante es como un grueso bastón". El tercero palpó la barriga del animal, y dijo: "El elefante es como un gran tonel". Otro le tocó una oreja, y dijo: "El elefante es como un gran abanico". Los cuatro comenzaron a disputar acaloradamente acerca de la forma del elefante. Pasó por allí un hombre y viéndolos discutir, les preguntó: "¿Cuál es la causa de la disputa?" Ellos le hicieron conocer sus opiniones y le pidieron que hiciera de árbitro. El hombre dijo: "Ninguno de ustedes ha visto el elefante. El elefante no es como un pilar; sus piernas son como pilares. No es como un abanico; sus orejas son como abanicos. No es como un bastón; su trompa es como un grueso bastón. No es como un tonel; su barriga es como un gran tonel. El elefante es la combinación de todas esas cosas: piernas, orejas, barriga, trompa, etc.". Del mismo modo, aquellos que disputan sobre la naturaleza de Dios son personas que han visto sólo un aspecto de la Divinidad.

Quisiera cerrar esta muy breve carta llena de vergüenza con una anécdota de Gandhi. Una anécdota realmente conmovedora. Gandhi muchas veces hizo largo y devastadores ayunos ofreciéndolos por la independencia y la paz de su India venerada. Cuando el libertador del subcontinente indio iniciaba uno de sus dolorosos períodos de abstinencia, él lo sabía, todos lo sabían, no salía de él hasta conseguir los siempre altruistas objetivos que perseguía. Si la muerte lo sorprendía a consecuencia del dramático debilitamiento que le producía la inanición, estaba dispuesto a pagar ese precio. La valentía que moraba en el pecho de este atrevido ″hombrecito″, era gigantesca. En una de esas veces en la que su cuerpo exangüe yacía postrado casi al borde de la muerte, en su intento de que hindúes y musulmanes depusieran sus odios y sus fanatismos, un desesperado y furioso hindú irrumpe en la serenidad que reinaba en la terraza donde el desfalleciente Mahatma yacía y tiene con él el siguiente diálogo:

─ ¡Come! ─le gritó─. ¡Aliméntate! Cargo tantas culpas en mi alma que no quiero llegar al infierno llevando sobre mis espaldas el fardo de la muerte de otro inocente. ¡Ya maté a uno!
─ Sólo Dios decide quién va al infierno —contestó Gandhi.
─ ¡Es que le di muerte a un niño! ¡Estallé su cabeza contra un muro! ¡El peso de esa culpa no me deja ni respirar!
─ ¿Por qué le diste muerte? ─preguntó Gandhi.
─ ¡Es que los musulmanes mataron a mi hijo! ¡A mi niño que era así de alto! ¡Fueron ellos! ¡Los musulmanes lo mataron!
─¿Quieres que te diga cómo puedes compensar un poco el daño que hiciste y de paso, curar en algo el remordimiento que no te deja vivir? ─preguntó con tartajosa voz el debilitado Mahatma.
─ ¿Cómo? ─vociferó el hindú.
─Encuentra a un niño. A un niño musulmán cuyos padres hayan muerto a consecuencia de esta lucha fratricida que los está aniquilando. Sí; a un niño así de alto, como tu hijo muerto. Adóptalo y críalo como si fuera tuyo.
─ Pero, asegúrate de que sea musulmán —continuó Gandhi—. ¡Y edúcalo de acuerdo con sus tradiciones! ¡Fórmalo como lo que es: un musulmán! Y haz de él un hombre de provecho.

Creo que de esto se trata. Gracias por abrirme los ojos cuando la ceguera que produce la soberbia me sobrecoge.


Te amo infinitamente.

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