Querida
mía, esta carta será bastante breve en cuanto a lo que tengo que decir. Se trata,
sin duda, de mí, gracias a Dios, poco frecuente intolerancia. Esto es algo que,
sin duda, tengo que trabajar mucho. No sé por qué estas cosas me pasan
eventualmente, en especial, por cómo se ha dado mi formación espiritual. Soy católico,
profundamente católico, aunque sigo en este proceso de descubrimiento que
siempre ofrece la fe. Descubrimiento de la belleza de la Iglesia y
descubrimiento personal. Sin embargo, hay otras referencias espirituales en mí
que son tan válidas y legítimas como las de otros, aunque puedan ser
diametralmente opuestas. Soy católico, pero mi paso por lecturas del Hinduismo
y del Budismo han dejado sus huellas, en algunos casos, indelebles.
No
puedo pretender asumir la absurda posición de que el único camino que conduce a
Dios es el que, qué cosas, yo camino. Hubo sabio de la India llamado Sri
Ramakrishna, hombre que se consagró a buscar a Dios a través de distintos
caminos como el hinduismo, el cristianismo y el islamismo, que describió la
relación del hombre con Dios a través de una historia que, más o menos, dice
así: Cuatro ciegos se
reunieron para examinar un elefante. Uno de ellos tocó una pierna del elefante,
y dijo: "El elefante es como un pilar". Otro tocó la trompa, y dijo:
"El elefante es como un grueso bastón". El tercero palpó la barriga
del animal, y dijo: "El elefante es como un gran tonel". Otro le tocó
una oreja, y dijo: "El elefante es como un gran abanico". Los cuatro
comenzaron a disputar acaloradamente acerca de la forma del elefante. Pasó por
allí un hombre y viéndolos discutir, les preguntó: "¿Cuál es la causa de
la disputa?" Ellos le hicieron conocer sus opiniones y le pidieron que
hiciera de árbitro. El hombre dijo: "Ninguno de ustedes ha visto el
elefante. El elefante no es como un pilar; sus piernas son como pilares. No es
como un abanico; sus orejas son como abanicos. No es como un bastón; su trompa
es como un grueso bastón. No es como un tonel; su barriga es como un gran
tonel. El elefante es la combinación de todas esas cosas: piernas, orejas,
barriga, trompa, etc.". Del mismo modo, aquellos que disputan sobre la
naturaleza de Dios son personas que han visto sólo un aspecto de la Divinidad.
Quisiera
cerrar esta muy breve carta llena de vergüenza con una anécdota de Gandhi. Una anécdota
realmente conmovedora. Gandhi muchas veces hizo largo y devastadores ayunos
ofreciéndolos por la independencia y la paz de su India venerada. Cuando
el libertador del subcontinente indio iniciaba uno de sus dolorosos períodos de
abstinencia, él lo sabía, todos lo sabían, no salía de él hasta conseguir los
siempre altruistas objetivos que perseguía. Si la muerte lo sorprendía a
consecuencia del dramático debilitamiento que le producía la inanición, estaba
dispuesto a pagar ese precio. La valentía que moraba en el pecho de este
atrevido ″hombrecito″, era gigantesca. En una de esas veces en la que su cuerpo
exangüe yacía postrado casi al borde de la muerte, en su intento de que hindúes
y musulmanes depusieran sus odios y sus fanatismos, un desesperado y furioso
hindú irrumpe en la serenidad que reinaba en la terraza donde el desfalleciente
Mahatma yacía y tiene con él el siguiente diálogo:
─ ¡Come! ─le gritó─. ¡Aliméntate! Cargo tantas culpas en mi
alma que no quiero llegar al infierno llevando sobre mis espaldas el fardo de
la muerte de otro inocente. ¡Ya maté a uno!
─ Sólo Dios decide quién va al infierno —contestó Gandhi.
─ ¡Es que le di muerte a un niño! ¡Estallé su cabeza contra
un muro! ¡El peso de esa culpa no me deja ni respirar!
─ ¿Por qué le diste muerte? ─preguntó Gandhi.
─ ¡Es que los musulmanes mataron a mi hijo! ¡A mi niño que
era así de alto! ¡Fueron ellos! ¡Los musulmanes lo mataron!
─¿Quieres que te diga cómo puedes compensar un poco el daño
que hiciste y de paso, curar en algo el remordimiento que no te deja vivir?
─preguntó con tartajosa voz el debilitado Mahatma.
─ ¿Cómo? ─vociferó el hindú.
─Encuentra a un niño. A un niño musulmán cuyos padres hayan
muerto a consecuencia de esta lucha fratricida que los está aniquilando. Sí; a
un niño así de alto, como tu hijo muerto. Adóptalo y críalo como si fuera tuyo.
─ Pero, asegúrate de que sea musulmán —continuó Gandhi—. ¡Y
edúcalo de acuerdo con sus tradiciones! ¡Fórmalo como lo que es: un musulmán! Y
haz de él un hombre de provecho.
Creo que de esto se trata. Gracias por
abrirme los ojos cuando la ceguera que produce la soberbia me sobrecoge.
Te amo infinitamente.

Usted me ha enternecido...!!!
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