A ti, Mariela,
quien pidió mi regreso a la fe católica
A la santa
memoria de la Hermana Francisca
“Por
medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias. Por eso quiero,
que cada alma tenga acceso a ella” (Diario, 570)
Hace
6 años mi esposa comenzó a asistir a la procesión que nuestra parroquia prepara
para celebrar a la Divina Misericordia. Siempre con mi madre a su lado,
caminaron largas distancias para solicitar del mismísimo Cristo sus deseos y
querencias más íntimas. Cada una pidiendo por los suyos confiando plenamente en
que sus súplicas serían escuchadas siempre y cuando estuvieran acordes con la
Voluntad de Dios que es la misma Voluntad del Hijo. Entre otras peticiones, mi
esposa pidió insistentemente por mí. No por mi salud ni por éxitos en mi vida
laboral, sólo pedía mi regreso a la fe en Dios a través de la fe católica. Fe
con la que estuve reñido durante mucho tiempo. Luego de tres años de peregrinación,
dos o tres días antes de una nueva caminata hacia el corazón de la sagrada
misericordia, no sé por qué razón, le dije a Mariela que la quería acompañar.
Meses antes de decirle esto, ya venía doblegándose la dureza de mi corazón,
venía poniéndose de rodillas mi orgullo absurdo y ridículo, venía despertando
en mi alma la voz siempre activa en el Evangelio. Sospecho que Mariela se
sorprendió ante lo que le decía, pero, como mujer sabia, nada dijo. Llegó el
domingo esperado y salí con ella. Curiosamente fue el último día que vi a un
familiar muy querido y que me quería mucho. Nada más comenzar la caminata,
comencé a llorar empujado por una fuerza sobre la cual no tenía control alguno.
Cerraba los ojos y ahí me conseguí a mi abuela que, desde siempre, fue la
puerta a través de la cual entró en mí la fe católica. Cristo escuchó con amor
a mi esposa, escuchó sus súplicas y la escuchó de tal manera que ahora me he
vuelto yo quien la empuja hacia la enseñanzas de una Iglesia profundamente
hermosa, maravillosa y repleta de muchos misterios todavía por conocer a través
de los cuales busco explicarme como persona, como ser humano.
Hoy es 12 de abril y estamos caminando
nuevamente, mi tercer año seguido, en pos de beber de la fuente infinita de la
misericordia de Cristo, pidiendo por nuestros seres queridos, pidiendo más
milagros. Caminando juntos, abrazados a un mismo corazón, mirando juntos hacia
un mismo objetivo: el corazón de Jesús. Caminamos escuchando en nuestro corazón
al Señor diciéndonos suavemente que su misericordia es más grande que nuestra
miseria y la del mundo entero. Preguntándonos si alguien ha sido capaz de medir
su bondad. Por nosotros bajó a la tierra, por nosotros se dejó clavar en una
cruz, cruz que es árbol de vida. Por nosotros permitió que su corazón fuera
abierto por una lanza, pero que, gracias a esa lanza, desde entonces, quedó
abierta la fuente de la misericordia para cada uno de los hombres que habitan
este mundo. “Ven, nos dice bajo la inclemencia dulce de este sol abrasador,
toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza”. Ahora,
¿cuándo y cómo comenzó todo esto? ¿A quién le debemos la posibilidad de saber
que estaba dispuesta para el ser humano la fuente de la misericordia de Cristo
en quien debemos confiar plenamente?
Santa María Faustina Kowalska es el
apóstol de la Divina Misericordia, nació con el nombre de Elena y desde muy
niña, cerca de los 7 años, sintió en su alma ese llamado que desemboca en una
vida entregada a Dios y a su Santa Voluntad. Intentó ingresar a la vida
conventual, pese a la negativa de sus padres. Fue rechazada una y otra vez por
su edad tan corta hasta que un día se rindió y se dispuso a no insistir más.
Sin embargo, tuvo una visión de Jesús y este, lleno de tristeza, le reprochó su
rendición preguntándole hasta cuándo lo haría sufrir, hasta cuándo lo engañaba.
Este episodio la empujó a volver a insistir hasta que fue aceptada en la
Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia. A partir
de ese momento, fue visitada por Cristo para encomendarle una misión: “Hoy te envío a
ti a toda la humanidad con Mi misericordia. No quiero castigar a la humanidad
doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla a Mi Corazón misericordioso” (Diario 1588). Muchas fueron las ocasiones
en las que el Señor le pidió que proclamara esta verdad bíblica: “escribe, habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está
cercano el día terrible, el día de Mi justicia (Diario 965); habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la
infinita misericordia Mía” (Diario
848); “Habla al mundo de Mi misericordia, de Mi amor. Me queman las llamas de
la misericordia, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres. Oh, qué
dolor Me dan cuando no quieren aceptarlas” (Diario 1074).
La imagen
de la Divina Misericordia es ampliamente conocida y su contenido está
estrechamente relacionado con la sagrada liturgia de este domingo: la Iglesia
lee el Evangelio según San Juan (20, 19-29) sobre la aparición de Jesucristo
resucitado en el cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia. De
esta manera, Cristo se nos desnuda como camino hacia la paz para la humanidad a
través del perdón de los pecados por medio de su pasión y muerte. De su pecho
amoroso brotan dos rayos: uno rojo y otro transparente simbolizando la sangre y
el agua derramadas cuando el soldado atravesó su corazón ya detenido. El mismo
Cristo se lo explicó de esta manera a Santa Faustina: “El rayo pálido simboliza
el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la
vida de las Almas. Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos” (Diario,
299). Como dice Sor Ma. Elzbeta Siepak: “la imagen no presenta solamente la
Misericordia de Dios, sino que también es una señal que ha de recordar el deber
cristiano de confiar en Dios y amar activamente al prójimo”.
El mensaje
dado a la Santa abrazó el corazón de San Juan Pablo II y cuyas experiencias se desbordan en una de sus
encíclicas más hermosas y más necesarias en la actualidad: Dives in
Misericordia (30-12-1980), fruto maduro de sus experiencias en la adolorida Polonia
sacudida por la maldad del fascismo y del comunismo, las dos caras de un mismo
veneno, aniquilador de todo lo bueno que hay en el ser humano. El tiempo
transformó en una misma esencia la experiencia de Santa Faustina y el magisterio
del Santo Papa Santo. Por esta razón, los católicos, principalmente los
venezolanos, estamos hoy de fiesta, pues se cumplen 80 años de la coronilla de
la Divina Misericordia, 35 años de la promulgación de la Encíclica Dives in
Misericordia, 30 años de la primera visita a Venezuela de San Juan Pablo II y
su partida hacia el corazón del Padre ocurrida hace 10 años, y 15 años de la
canonización María Faustina Kowalska. Por estos regalos de Dios, caminemos
juntos hacia una nueva dimensión de la fe católica, del amor cristiano
plenamente confiados en la misericordia de Cristo. Caminemos por la paz y la
reconciliación de los venezolanos, conscientes de que debemos, en primer lugar,
reconciliarnos con nosotros mismos, perdonarnos a nosotros mismos y, en segundo
lugar, perdonar a los demás, los otros, nuestros hermanos. Los milagros
existen, son reales y, cuando menos lo esperes, puedes ser testigo y
protagonista de ellos.
Laus Deo.

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