domingo, 12 de abril de 2015

Sobre la Divina Misericordia


A ti, Mariela, quien pidió mi regreso a la fe católica
A la santa memoria de la Hermana Francisca

“Por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias. Por eso quiero, que cada alma tenga acceso a ella” (Diario, 570)

            Hace 6 años mi esposa comenzó a asistir a la procesión que nuestra parroquia prepara para celebrar a la Divina Misericordia. Siempre con mi madre a su lado, caminaron largas distancias para solicitar del mismísimo Cristo sus deseos y querencias más íntimas. Cada una pidiendo por los suyos confiando plenamente en que sus súplicas serían escuchadas siempre y cuando estuvieran acordes con la Voluntad de Dios que es la misma Voluntad del Hijo. Entre otras peticiones, mi esposa pidió insistentemente por mí. No por mi salud ni por éxitos en mi vida laboral, sólo pedía mi regreso a la fe en Dios a través de la fe católica. Fe con la que estuve reñido durante mucho tiempo. Luego de tres años de peregrinación, dos o tres días antes de una nueva caminata hacia el corazón de la sagrada misericordia, no sé por qué razón, le dije a Mariela que la quería acompañar. Meses antes de decirle esto, ya venía doblegándose la dureza de mi corazón, venía poniéndose de rodillas mi orgullo absurdo y ridículo, venía despertando en mi alma la voz siempre activa en el Evangelio. Sospecho que Mariela se sorprendió ante lo que le decía, pero, como mujer sabia, nada dijo. Llegó el domingo esperado y salí con ella. Curiosamente fue el último día que vi a un familiar muy querido y que me quería mucho. Nada más comenzar la caminata, comencé a llorar empujado por una fuerza sobre la cual no tenía control alguno. Cerraba los ojos y ahí me conseguí a mi abuela que, desde siempre, fue la puerta a través de la cual entró en mí la fe católica. Cristo escuchó con amor a mi esposa, escuchó sus súplicas y la escuchó de tal manera que ahora me he vuelto yo quien la empuja hacia la enseñanzas de una Iglesia profundamente hermosa, maravillosa y repleta de muchos misterios todavía por conocer a través de los cuales busco explicarme como persona, como ser humano.

Hoy es 12 de abril y estamos caminando nuevamente, mi tercer año seguido, en pos de beber de la fuente infinita de la misericordia de Cristo, pidiendo por nuestros seres queridos, pidiendo más milagros. Caminando juntos, abrazados a un mismo corazón, mirando juntos hacia un mismo objetivo: el corazón de Jesús. Caminamos escuchando en nuestro corazón al Señor diciéndonos suavemente que su misericordia es más grande que nuestra miseria y la del mundo entero. Preguntándonos si alguien ha sido capaz de medir su bondad. Por nosotros bajó a la tierra, por nosotros se dejó clavar en una cruz, cruz que es árbol de vida. Por nosotros permitió que su corazón fuera abierto por una lanza, pero que, gracias a esa lanza, desde entonces, quedó abierta la fuente de la misericordia para cada uno de los hombres que habitan este mundo. “Ven, nos dice bajo la inclemencia dulce de este sol abrasador, toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza”. Ahora, ¿cuándo y cómo comenzó todo esto? ¿A quién le debemos la posibilidad de saber que estaba dispuesta para el ser humano la fuente de la misericordia de Cristo en quien debemos confiar plenamente?

Santa María Faustina Kowalska es el apóstol de la Divina Misericordia, nació con el nombre de Elena y desde muy niña, cerca de los 7 años, sintió en su alma ese llamado que desemboca en una vida entregada a Dios y a su Santa Voluntad. Intentó ingresar a la vida conventual, pese a la negativa de sus padres. Fue rechazada una y otra vez por su edad tan corta hasta que un día se rindió y se dispuso a no insistir más. Sin embargo, tuvo una visión de Jesús y este, lleno de tristeza, le reprochó su rendición preguntándole hasta cuándo lo haría sufrir, hasta cuándo lo engañaba. Este episodio la empujó a volver a insistir hasta que fue aceptada en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia. A partir de ese momento, fue visitada por Cristo para encomendarle una misión: “Hoy te envío a ti a toda la humanidad con Mi misericordia. No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla a Mi Corazón misericordioso” (Diario 1588). Muchas fueron las ocasiones en las que el Señor le pidió que proclamara esta verdad bíblica: “escribe, habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia (Diario 965); habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la infinita misericordia Mía” (Diario 848); “Habla al mundo de Mi misericordia, de Mi amor. Me queman las llamas de la misericordia, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres. Oh, qué dolor Me dan cuando no quieren aceptarlas” (Diario 1074).

La imagen de la Divina Misericordia es ampliamente conocida y su contenido está estrechamente relacionado con la sagrada liturgia de este domingo: la Iglesia lee el Evangelio según San Juan (20, 19-29) sobre la aparición de Jesucristo resucitado en el cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia. De esta manera, Cristo se nos desnuda como camino hacia la paz para la humanidad a través del perdón de los pecados por medio de su pasión y muerte. De su pecho amoroso brotan dos rayos: uno rojo y otro transparente simbolizando la sangre y el agua derramadas cuando el soldado atravesó su corazón ya detenido. El mismo Cristo se lo explicó de esta manera a Santa Faustina: “El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las Almas. Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos” (Diario, 299). Como dice Sor Ma. Elzbeta Siepak: “la imagen no presenta solamente la Misericordia de Dios, sino que también es una señal que ha de recordar el deber cristiano de confiar en Dios y amar activamente al prójimo”.

El mensaje dado a la Santa abrazó el corazón de San Juan Pablo II y  cuyas experiencias se desbordan en una de sus encíclicas más hermosas y más necesarias en la actualidad: Dives in Misericordia (30-12-1980), fruto maduro de sus experiencias en la adolorida Polonia sacudida por la maldad del fascismo y del comunismo, las dos caras de un mismo veneno, aniquilador de todo lo bueno que hay en el ser humano. El tiempo transformó en una misma esencia la experiencia de Santa Faustina y el magisterio del Santo Papa Santo. Por esta razón, los católicos, principalmente los venezolanos, estamos hoy de fiesta, pues se cumplen 80 años de la coronilla de la Divina Misericordia, 35 años de la promulgación de la Encíclica Dives in Misericordia, 30 años de la primera visita a Venezuela de San Juan Pablo II y su partida hacia el corazón del Padre ocurrida hace 10 años, y 15 años de la canonización María Faustina Kowalska. Por estos regalos de Dios, caminemos juntos hacia una nueva dimensión de la fe católica, del amor cristiano plenamente confiados en la misericordia de Cristo. Caminemos por la paz y la reconciliación de los venezolanos, conscientes de que debemos, en primer lugar, reconciliarnos con nosotros mismos, perdonarnos a nosotros mismos y, en segundo lugar, perdonar a los demás, los otros, nuestros hermanos. Los milagros existen, son reales y, cuando menos lo esperes, puedes ser testigo y protagonista de ellos.


Laus Deo.

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