Querida mía, volví al mundo
de las redes sociales casi a empujones. Después de 6 meses de retiro, un par de
circunstancias me obligaron a volver. Básicamente estoy por estos lados con la única
finalidad de hacer circular mis artículos de opinión que valen lo que valen, ni
más ni menos. La otra razón, pues, asuntos de la universidad. Cuando volví a
abrir, por ejemplo, el Facebook noté que estaba igual a como lo dejé. Comencé a
leer algunos estados y era como si el tiempo no hubiese pasado, aunque, la
verdad, 6 meses no es tanto tiempo. Lo cierto es que terminó siendo un
reencuentro lleno de muchos silencios. Según me dicen algunos, más con ánimos
de oscurecer que de aclarar, la gente no se tomó con agrado lo que ahora
escribo. ¿Cómo es posible que después de las cosas que escribía ahora escriba
esto? La verdad, pude haber dado respuesta a esa inquietud, pero, ¿es
necesario? A mí nadie me preguntó por qué escribía aquellas cosas. La gente
parecía sentirse cómoda con lo que leía. Sin embargo, ahora no, ahora parece
haber incomodidad y, según veo, eso podría revelar más cosas en los otros que
en mí. Lo cierto es que, basándose en lo que llevan dentro, han salido a juzgarme
señalando las causas que me han llevado a mi escritura actual. En fin, eso no
tiene ninguna importancia, lo que sí creo que tiene importancia es mi deseo de
compartir contigo el centro de toda esta situación: el acto de juzgar.
Por supuesto, lo primero que
habría que hacer es determinar qué significa juzgar. Etimológicamente deviene
del latín iudicare, que significa
algo así como “dictar un veredicto”. El diccionario brinda varias acepciones,
pero me quedaré con una que guarda estrecha relación con lo que pretendo
explicarte. El diccionario afirma que juzgar significa determinar uno mismo,
haciendo uso de la razón, el valor positivo o negativo de alguien o algo. Ahora,
hay una serie de consideraciones internas en el ser humano que alimentan dándole
contenido al hecho de juzgar, esas consideraciones forman parte de ese universo
tan personal que llaman subjetividad. ¿Y qué es la subjetividad?, sin duda
podría escribirte acá varias definiciones de ella expuestas por grandes
filósofos, pero no es la idea, más bien, voy a emplear para ello el refranero
popular que entiende la subjetividad como el acto de hablar de la feria según
le va en ella o, mejor todavía: el ojo del amo engorda al caballo. Por ello, el
genial escritor norteamericano Mark Twain, afirmó que lo historiadores no
escribían con tinta sino con prejuicio líquido. Otro tanto apunta Nietzsche
cuando dijo tajantemente que no habían hechos sino interpretaciones de los
hechos. Dije que no acudiría a la filosofía, perdón. De tal manera que, cuando
se juzga a otro, se dicen más cosas de
uno que de quien se juzga. Juzgar a los otros conlleva a ser injusto con los
demás, pues, casi siempre se le endilgan a los demás nuestros propios defectos.
“No juzguéis a los demás si no queréis ser juzgados.
Porque con el mismo juicio que juzgareis habéis de ser juzgados, y con la misma
medida que midiereis, seréis medidos vosotros”, dice el Evangelio. No tenemos
las herramientas necesarias para hacer un juicio justo a los demás, por ello, los
grandes sabios y maestros espirituales que han pasado por este mundo
recomiendan el silencio, puesto que, como advirtió Gandhi, somos imperfectos y
necesitamos la tolerancia y la bondad de los demás, también debemos tolerar los
defectos del mundo hasta que podamos encontrar el secreto que nos permita
ponerles remedio. Sólo Dios es capaz de un juicio justo, pues lo hace a
partir de un amor por los seres humanos más allá de todo criterio humano. El juicio
de los hombres no es tan justo, pues parte de un amor hacia sí mismo que no le
permite ver más allá de sus propias miserias que, además, no reconoce como tales.
Sin embargo, es muy difícil liberarnos de esta cárcel, es muy difícil cerrar la
boca, estamos en un mundo que obliga a hablar y que sanciona como peligroso el
silencio. Dicen que si uno mantiene su boca cerrada por varios minutos corre el
riesgo del mal aliento, pero, se me ocurre que si uno no es capaz de cerrar la
boca puede que lo que se agobie con malos olores sea nuestra alma y el alma de
los demás.
Reconozco, amor, que en un principio me contrariaba lo
que decían los demás, lo que escribían sobre mí, sus indirectas, sus burlas, en
fin, tú lo sabes tan bien como yo, pero he aprendido a comprender que no se le
puede pedir a nadie lo que no puede dar. ¿De corazones vacíos qué puede
esperarse? No queda otra opción que compadecer, comprender que la vida es un
proceso largo que es amable con unos y con otros no tanto, pero no por
injusticia de la vida, ya que la vida se va construyendo sobre la base de mis
decisiones y si mis decisiones no son buenas, pues todo lo demás serán las
consecuencias de lo que decidido y, como ya he dicho y escrito varias veces,
uno siempre está decidiendo entre Cristo y Barrabás. Esa elección es libre,
soberana y que nos obliga, si somos maduros, a asumir lo que eso depare. Yo lo sé,
pues viví en ese fango, tú lo sabes.
Siempre tuyo siempre…

Gracias...! Y qué suerte tiene Mariela.
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