martes, 31 de marzo de 2015

Octava Carta a Mariela: El Matrimonio es una Cruz

Querida Mariela, estamos comenzando a caminar hacia el corazón de la Semana Santa, hoy es Martes Santo y, como cristianos, nos corresponde hoy exaltar el valor central y profundo de la Cruz. En muchos lugares veremos, o debemos ver, cómo se exalta el crucifijo. Según la liturgia cristiana, hoy conmemoramos el día en el cual Judas traiciona a Cristo. Como todos los años, como siempre desde siempre, por la televisión circulan y circulan documentales sobre estos días en la vida de Jesús. Documentales cada vez más sospechosos. Por ahí anda uno preguntándose quién mató a Cristo. No sé cuál será la finalidad de ellos, en especial porque siento que no se logra ver lo esencial de la Pasión del Señor. En fin, lo importante y la razón de estas líneas es recordar el valor y significado de la Cruz en la vida del cristiano. Así que aprovecharé para darte mi opinión sobre una frase que hemos escuchado mucho, pero me temo desde un sentido incorrecto: el matrimonio es una cruz.

Creo firmemente, más aun hoy, que el matrimonio es una cruz, pero no en el sentido que popularmente se le da, que, como siempre, termina diluyéndose en cosas insustanciales y mundanas. Cuando se afirma que el matrimonio es una cruz se piensa desde la idea de que es un sacrificio inhumano, brutal, ajeno a la felicidad que se supone depara la vida en pareja, si es que esa felicidad es concebida hoy como felicidad plena. De hecho, debo reconocer que, en algún momento, también me hice eco de estas voces que oscurecen más que aclarar. Voces que han venido desmantelando en el corazón de hombres y mujeres el valor real de la sacralidad del matrimonio. El matrimonio es una cruz y por ello hay que huir de él, puesto que, primero que todo, hay que garantizar la satisfacción hedonista del individuo sostenida sobre la base de una concepción simplona de libertad personal. Libertad que se reduce a una idea banal de hacer lo que me plazca como si todo lo que hay en el mundo está sólo para mí y para mi satisfacción. La pareja se obnubila y se quebranta rebajando su condición de personas que se aman a individuos que se brindan placeres temporales. Una vez satisfechos estos placeres, por lo general emanados de una concepción del cuerpo y de la carne vacío de contenido transcendental, vienen las frustraciones, los enfriamientos, la soledad acompañada por otra soledad y el fin de un amor que nunca fue.

El matrimonio es una cruz, lo es, lo es desde la raíz, lo es desde que, por un amor más allá de toda comprensión, un hombre se ofreció para brindar la vida eterna a todos los demás hombres. La cruz no es un martirio que conduce a la muerte. La cruz es madera tomada del árbol de la vida, de la vida más allá de toda vida. La cruz es madera del árbol de la vida regado por ríos de agua viva desbocados de la fuente donde transpira el amor más profundo. La cruz es vida, vida, vida. Por ello, para los cristianos, la cruz es vida y amor, entrega y pasión, comunión, incendio de amor, itinerario hacia el alma de Dios, consagración hacia una vida plena más allá de la muerte y más. ¿Acaso no es algo semejante el matrimonio? La cruz es una puerta hacia una dimensión de mayor plenitud amorosa. La cruz es un instante en manos de la muerte, pero unas manos que no pueden detener el ímpetu sagrado de la vida. El matrimonio es una cruz, pues, en muchos casos, toca morir para dar vida a algo mucho mayor: muere lo individual para que respire la armonía de la comunidad, de la pareja.

El matrimonio es una cruz, ya que en ella está la vida y el consuelo, dirá Santa Teresa, es el camino hacia el cielo. Es una cruz, pues hay una renuncia a sí mismo. Es una cruz, pues, como escribiera San Pablo a los corintios, es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios. El matrimonio es una cruz, pues, a través en él, por medio de él, podemos brindarle a las cosas, a todas las cosas, un sentido divino y el matrimonio, lo decía San Josemaría Escrivá de Balaguer, es una vocación divina.

Mariela, el matrimonio quizás no sea una cruz después de todo, quizás sea yo el necio que quiere verlo así, entonces, el matrimonio para mí es una cruz, ya que, a través de ella, de la cruz, he logrado comprender, aunque no sepa cómo explicar, el sentido real, verdadero y pleno de lo que es el amor. Tú eres mi cruz, ya que, tú eres el camino por medio del cual puedo mostrar al mundo, mostrarte y mostrarme el indescriptible amor que Dios me tiene, a pesar de todo.

El matrimonio es una cruz y te pido perdón por todos los momentos en que lo olvidé o lo ignoré. Te pido perdón por haberme descuidado. Te pido perdón porque te amo y porque, lo tengo muy claro, tú eres el camino que me lleva todos los días a la posibilidad de ser perfecto como perfecto es el Padre.


Te amo desde la cruz que es la vida, la verdad, el amor y la plenitud. 

jueves, 26 de marzo de 2015

Séptima Carta a Mariela: Sobre la Fe.

Mi amor, pensé que no tendría la oportunidad de escribirte. He tenido unos días de mucho agite. A veces las vicisitudes nos complican un poco el panorama, pero, a diferencia de ese pasado mío, hoy siento una fuerza poderosa en mí que no permite que le brinde espacio a esa oscuridad que nubla la vista de los hombres y hace que fácilmente perdamos el camino. La fe, esta fe en la que ahora vivo, esta fe que me alimenta, esta fe que me llena el alma de mi alma, es una vela con una llama tan incandescente que no da tregua a ninguna oscuridad de este mundo. Por cierto, que no todo el mundo ha comprendido esto y han tejido historias, elucubraciones y purulentos pensamientos que lo único que advierten es el veneno y la pobreza que enriquece sus almas. Lo lamento mucho, tú lo sabes, lo hemos conversado. Lo lamento profundamente, pues, muchos, fueron cercanos, tan cercanos que nunca nos dimos cuenta de lo lejano que éramos realmente. En fin, esas cosas pasan, y sólo quiero escribirte un poco sobre la fe y que este domingo próximo estamos en la obligación de darle más vida, de recibir a Jesús nuevamente, pero no sólo con palmas y vítores, sino también en silencio y compromiso inquebrantables.

El Papa Francisco nos recuerda en su Carta Encíclica Lumen Fidei que la fe es un camino que se abre ante nosotros para posibilitar el encuentro con Dios. Alimenta el centro de nuestro ser con la experiencia del amor divino, origen y fundamento de todo, que se deja conducir para caminar hacia la plenitud de la comunión con el Señor. A partir de allí, al amparo de su luz, nos ponemos al servicio de la justicia, del derecho y de la paz. Nos aproximamos a la condición justa de San José, padre adoptivo de Jesús, que no es otra cosa que ser hombres como árbol plantado al lado de corrientes de agua que da su propio fruto en su estación y cuyo follaje no se marchita, así, los hombres como árboles que son los hombres justos, en todo lo que se proponen tienen éxito. Los hombres como árboles son los hombres justos, como nos lo dice el salmista, y el hombre justo es el hombre de fe, ya que, a través de ella, se nos permite un saber auténtico de Dios y, a su vez, brinda el encuentro pleno con cuánto hay de verdadero, bueno y bello en el hombre.

La fe, obrada en nosotros por el Espíritu Santo para hacernos como árboles, es preparación de un lugar para poder convivir en armonía con los demás, en vista de que es capaz de revelar hasta qué punto son sólidos los vínculos humanos. No se trata sólo de una solidez interior, afirma Francisco, sino que ayuda a iluminar de la misma manera las relaciones humanas “porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios”. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable. El hombre de fe que es hombre como árbol apostará siempre y pondrá todo su empeño y voluntad en busca de la paz de la ciudad, ya que la paz de ella resultará de la paz entre nosotros. El hombre de fe que es como árbol también es y será instrumento de paz.

La fe proviene de un conocimiento auténtico de Dios que, al mismo tiempo, habilita un conocimiento auténtico de nosotros mismos y de los hermanos que nos acompañan. Por medio de ella somos capaces de ver a plenitud toda la luminosidad de la dignidad humana, por ello se expresa en la entrega por los demás, en la fraternidad, en la capacidad de amar que vence la soledad que entristece. La fe nos sitúa en el palpitar gozoso del Dios-Amor que nos ofrece un gusto nuevo y distinto de existir con los ojos abiertos para contemplar risueñamente toda la realidad. La fe es conocimiento de Dios y del hombre que implica, como advierte Benedicto XVI, un camino intelectual y moral alcanzado en lo profundo por la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, que nos orienta a superar “los horizontes de nuestros egoísmos y nos abrimos a los verdaderos valores de la existencia”.

Vivamos nuestro amor en la fe, esa fe que nos hace esposos, pero, al mismo tiempo, hermanos, hijos de un mismo Padre que es todo amor y misericordia.

Te amo en y desde la fe que nos hace contemplar la mano de Dios en la vida de los hombres.


Tuyo…

viernes, 20 de marzo de 2015

Sexta Carta a Mariela: El amor de Dios



Buenos días, mi bien, estaba contando las horas para volverte a escribir. Ayer, como todos los jueves, tuve sesión del Consejo Universitario. Fue una sesión normal llena de las tensiones a las cuales torpe e innecesariamente nos somete este gobierno de turno, pero, al mismo tiempo, con momentos de intensa fe y esperanza de parte de todos y cada uno de los miembros del cuerpo que, como si nada, nos devuelve al empeño ferviente de seguir caminando y enfrentando dignamente lo que nos venga. Todos lo hemos asumido como un camino hacia la santidad. ¿Un Consejo Universitario que aspire a la santidad? ¿En Venezuela? ¿En este momento? Sí, pues así es. Tenemos diferencias, sin duda, imagínate que el Capellán de la universidad es madridista, ¿puedes creer? Y, aunque el rector no lo diga, estoy casi seguro de que es caraquista. En fin, que tenemos diferencias, pero un objetivo común: la santidad. Una santidad manifestada en la búsqueda constante y tesonera del funcionamiento digno y honesto de nuestra universidad. No, no pienses que las tres, cuatro horas que dura el Consejo lo dedicamos a la oración, aunque oramos, pero intentamos discutir los temas de nuestra universidad, de la universidad venezolana, del país y del mundo desde una óptica distinta, desde una visión que atraviesa la simpleza y vulgaridad a través de las cuales se concibe la política en Venezuela actualmente.

Ayer, el Capellán, quien siempre dirige la oración, suele traer un texto que comparte generosamente con nosotros y, a la luz de ese texto, parece guiarse todo el Consejo. La lectura que nos trajo tiene que ver con unas afirmaciones que hiciera recientemente el Papa Francisco. Afirmaciones sobre la fe y el amor de Dios. Comparto contigo un par de líneas de las consideraciones del Papa sobre el amor de Dios: “creo que no existe ningún teólogo que pueda explicar esto: no se puede explicar. Solamente esto se puede pensar, sentir y llorar. De alegría. El Señor nos puede cambiar”. El amor de Dios, a juicio del Papa, no puede ser explicado. Esto me llama la atención, pues, en esa sintonía, se encuentran las más antiguas tradiciones espirituales de Oriente como, por ejemplo, el budismo que afirma que el camino (Tao) que se nombra no es el camino. Ahora bien, ¿puede explicarse el amor de Dios? No lo sé, pero partiendo de que tanto “amor” como “Dios” son palabras humanas y que todas las palabras y sus significados pasan por un complejo proceso llamado subjetividad, entonces comprendemos que, efectivamente, sí podemos explicarlo, aunque seguramente muy alejados de lo que realmente es en cuanto a que “eso” que llamamos Dios es lo único que es, que ha sido y será. Esa maravillosa empresa pedagógica llamada Fe y Alegría tenía, o tiene, una especie de consigna que decía que “donde terminaba el asfalto, allí comenzaba Fe y Alegría”. Se me ocurre que, allí donde termina el lenguaje humano, allí comienza Dios.

Ahora, no nos vayamos a algo tan complejo como el intento de saber si el amor de Dios puede ser o no explicado, pensemos, más bien, si se puede explicar el amor humano. ¿Me permites ponerme poético? ¿Sí?, muy bien, tomemos por ejemplo a Pablo Neruda, el nobel chileno. ¿Cuántos poemas y libros de poemas le escribió a su Matilde? Seguro más de veinte libros de amor y una canción desesperaba intentando explicarle su amor. No, no pudo hacerlo, ya que, el amor, así como dice el Papa no se explica. La explicación transforma el amor en una operación matemática. La explicación lo enfría, lo anula, lo desubica, lo mata. El amor no está jamás en las palabras. El amor, a mi juicio, está en la fuente de las palabras. En el espacio que hay entre una palabra y otra. En la búsqueda de las palabras adecuadas. El amor está en la fuente del amor y no en otra parte. Cuando sacamos las palabras de esa fuente profunda y las volcamos en el discurso exterior, allí muere. El amor es como el silencio: muere cuando nace la palabra. Esto, en modo alguno, significa que el amor no exista, claro que existe. Esta fuerza que me mueve a escribirte esta carta, por ejemplo, es el amor. Lo sé, y lo sé no por los dedos que caen agitadamente sobre el teclado y cuyo resultado son este montón de palabras que ahora lees. Lo sé por lo que no estás viendo ahora, es decir, el llanto detrás de cada palabra.

Desde el Antiguo Testamento hasta este instante en que te escribo, se ha venido intentando explicar el amor de Dios. Del Génesis vamos al Nuevo Testamento. De los Evangelios a los Padres de la Iglesia. De los Padres de la Iglesia a los místicos cristianos. De los místicos a la Encíclica “Deus Caritas Est”, se viene intentando comprender qué es eso que llamamos Amor de Dios, claro, sólo quedándonos dentro del marco de la fe cristiana, ya que las demás religiones tienen también una larga tradición sobre el tema, incluso algunas más antiguas que la cristiana. Sin duda, es harto complejo, ya que, por si esto fuera poco, los componentes que, según los teólogos, sirven para explicar este amor son también inexplicables, por ejemplo, el perdón. El perdón es una facultad hermosa que define al amor cristiano, pero, si tratas de verlo objetivamente, no hay cosa con más posibilidades de ser injusta que el perdón, hay pocas cosas más irracionales que el perdón. Precisamente debido a que las explicaciones que podemos dar para entenderlo o comprenderlo las vamos a tomar a partir de referentes humanos y todo lo humano es limitado y finito. Fíjate con la caridad, por ejemplo, según Simeón el Nuevo Teólogo, Padre de la Iglesia Ortodoxa, afirma que ella no es un nombre, sino la esencia misma de Dios y Dios, complementaría yo con todo respeto, tampoco es un nombre. Por ello siempre he pensado que Dios está detrás de Dios y no se llama Dios, pero es lo Absoluto, lo total, la realidad verdadera, o Samsara, esa bella palabra del sánscrito que intenta explicar, justamente, lo inexplicable.

¿Existe el amor de Dios? Sí, totalmente y es un amor tan profundo, tan insondable, tan amor que la única manera que tenemos los seres humanos para aproximarnos a él es a través del mismo amor y hay que darle gracias a Dios por eso. Todos los cristianos hemos aceptado en que Dios nos demostró todo su amor encarnando en hombre para asumir todos los pecados de la humanidad y expiarlos a través de su propia muerte, es decir, entregarse por los hermanos. Allí, a mi juicio, la gran lección de amor: la entrega, la entrega total hasta morder el corazón del dolor, ya que no hay un amor más grande que quien da la vida por los hermanos. ¿Ves dónde está lo complejo? El entendimiento humano no da para comprender esto, está más allá de cualquier explicación racional. Podemos comprender que lo hiciera Cristo, es más, lo agradecemos, pero encarnar en nosotros esto cuesta mucho. Allí muere la explicación. Hasta allí llega. Allí terminan las palabras y el asfalto. Allí nace la gran frustración, el mayor sufrimiento, la profunda miseria que llegaron a sentir los místicos cristianos: no poder dar ese paso que, además, en cada uno es distinto y único. Sin embargo, el amor de Dios está allí, siempre abierto para nosotros, para intentar vivirlo, pues, ser cristiano es un intento de todos los días. En ese intento, en esa búsqueda permanente está el amor que jamás lograremos explicar.


Tuyo siempre en el amor inexplicable de Dios.

lunes, 16 de marzo de 2015

Quinta carta a Mariela: ¿Quién es María?

Querida mía, hace unos días Miranda nos preguntaba quién era la Virgen María y nos decía que ella sabía que era la Madre de Dios, pero, insistió en preguntar. De tal manera que, Miranda, realmente no quería saber quién era, más bien quería saber qué significaba María para el cristiano. La pregunta que nos hacía Miranda es una pregunta que debemos hacernos con frecuencia, ya que, ella es, en primer lugar, la primera discípula de Cristo. Lo fue antes de que Él naciera entre los hombres. María es el modelo a seguir para todos los cristianos y es, al mismo tiempo, mucho más que eso, es todo más que eso.

Hace poco te escribía lo que representaba para mí la Trinidad dentro de nuestra vida familiar. En modo alguno pretendí decir que mis palabras revelaban ese misterio profundo. Nadie puede hacerlo, o, para ser más justos, yo no puedo hacerlo. Ahora, creo que aquella joven María sí pudo haberlo hecho, ya que, en ella, más allá de toda interpretación, se convocó amorosa la Trinidad. San Josemaría Escrivá de Balaguer lo explicaba así: “Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo… ¡Más que tú, sólo Dios!” Dios es la Trinidad en perfecta armonía llena de Amor y María, dirá Chiara Lubich, contiene a Dios, “la amó tanto que la hizo su Madre, y su Amor lo empequeñeció frente a ella”. Por ello, los cristianos podemos afirmar con absoluta certeza que, María, es nuestra Madre y Reina del Cielo. Señora de los Ángeles, Puerta del Cielo, Madre del Verbo, Madre siempre Virgen. Esa fue, es y será siempre María.

María, siempre Virgen, es silenciosa presencia, en cuyo silencio palpita la obligación cristiana de ser cálices de silencio que se hace palabra encarnada en acciones. Acciones que brotan atronadoras del silencio hecho palabra como ecos de aquel Sí, ese Sí sin vacilaciones, valiente que, como lo afirma el Himno Akhatistos, la transformó en puerta del augusto misterio, guía del eterno consejo, primer milagro de Cristo, síntesis de todos los dogmas, escalera celeste a través de la cual descendió Dios a los hombres, puente a través del cual los hombres se encuentran con Dios. San Máximo de Turín escribió que María era el contenedor más hermoso del Evangelio, en su vientre cargó el Verbo divino que se haría carne repleto de un Amor que no cabía en el cielo y se volcó sobre la tierra para la salvación eterna tuya y mía. Algo similar dijo San Pedro Crisólogo cuando contemplaba a María como quien contuvo en sí a quien el mundo no podía ni ha podido contener; sólo ella llevó en sus brazos a aquel que sostiene al mundo más allá de todo tiempo y espacio. Mi vida, imagínala, imagina a aquella hermosa mujer alimentando de su seno, entregando su leche de madre a Jesús, a Cristo. Ella alimentó a quien luego nos alimentará a todos nosotros hasta hacernos uno con el Padre que nos ama desde el cielo. María engendró a su Creador y alimentó al que da el alimento a los vivientes.

María, Madre de Dios, es, por tanto, madre del Amor hermoso que permite que el misterio de la natividad se repita constantemente, ya que, su mirada misericordiosa nos purifica el alma para darle a Cristo la oportunidad de nacer en la virginidad de nuestra alma humillada por su amor, ese amor que nos revolotea en el estómago cuando lo aceptamos como nuestro único Señor. Así queda establecido en ese luminoso documento conciliar llamado Lumen Gentium, cuando el Verbo nace en el corazón de los hermanos, Cristo es nuevamente concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen en nosotros.

Miranda nos pregunta quién es María. Cómo le explico que María es la Dignidad más excelsa, que es Madre de Misericordia, que es la gran posibilidad de la unidad entre los cristianos, ya que, si Dios es nuestro Padre y Jesús es nuestro hermano, entonces, no cabe duda, de que ella es nuestra Madre. ¿Cómo podemos agradar a nuestra Madre que está en el Cielo? Siendo humildes, pacientes, sobrios, modestos, mansos, recogidos, devotos de alma, en especial, humildes, humildes como ella que, como nos recuerda San Josemaría Escrivá, a ella nunca la veremos entre las palmas de Jerusalén, ni –fuera de las primicias de las bodas de Caná– a la hora de los grandes milagros. “Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, «juxta crucem Jesu»– junto a la cruz de Jesús, su Madre”. Y fue en la cruz donde se confirmó su condición de madre de la humanidad, cuando, de la voz agonizante y adolorida de Jesús colgado a la cruz, dijo para grabarlo en todo corazón: “He allí a tu madre” y como madre está allí, siempre ha estado allí y siempre estará. Tú, Mariela, eres María, tú más que nadie que te he visto sufrir en el sufrimiento de Miranda y Sebastián. Eres tú que ha estado allí, junto a mí, en mis momentos de mayor amargura. ¿Quién es María?, pregunta Miranda, María somos nosotros, cada uno de nosotros, cuando dejamos actuar el amor de Dios en la tierra.

Esa es María…


Te amo marianamente…

miércoles, 4 de marzo de 2015

Cuarta Carta a Mariela: Sobre la Santísima Trinidad

Querida mía, estoy ya en mi oficina disfrutando del silencio, ya que no ha llegado nadie. Llegué y adelanté un par de cosas de la Facultad. Luego me dispuse a buscar unas imágenes para algo que se me ocurrió y me tropecé con una iconografía de la Santísima Trinidad que me llevó de un tirón a mi infancia. Esta imagen de la Trinidad la tenía mi abuela en su altar personal y recuerdo que me impactó mucho cuando ella me dijo que esas tres personas eran Dios. ¿Cómo es eso de que esas tres personas eran una sola persona? Mi abuela intentó una explicación que fue inútil, no comprendí aquello. No me resultaba lógico. Nunca dudé de que ese señor de barba blanca era Dios y que el más joven era Jesús, su hijo. Tampoco ponía en duda de que Jesús y Dios, que era el Padre, eran el mismo. En mi cabeza eso parecía estar claro. Mi confusión la desataron verlos en una pintura claramente diferenciados y la presencia de esa paloma blanca que simbolizaba al Espíritu Santo. Mi abuela me habló de armonía, pero no me entraba en la cabeza. En fin, supe de la existencia de la Santísima Trinidad, es decir, de la idea de Dios como uno y trino, aunque no lo comprendía.

Dejé el tema por la paz y la tranquilidad de mi mentalidad frágil hasta que me tropecé de nuevo con él en el Colegio Javier. Allí estuve la primera etapa de mi bachillerato entre 1985 y 1988. Aprendí en sus aulas dos cosas sobre el tema: que la Santísima Trinidad era un misterio y que la Iglesia Católica tenía un catecismo en el cual se le explica a los miembros de la familia universal las verdades de la fe. En el Catecismo de la Iglesia Católica se explica que la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, es la fuente de todos los demás misterios, pero un misterio que no es oscuro, más bien es luz que lo ilumina todo. La Trinidad es un misterio de la fe que sólo se devela desde lo alto, es decir, desde Dios mismo. ¿Cómo se comprenden estos misterios? Se descubren a través del amor que sostiene a la fe. A través de la convicción de que Dios siempre se revela a través del amor, pero de un amor más allá de la comprensión del amor humano. Un amor que nos permite ver la mano del Señor en la historia humana, en nuestra vida, en nuestra cotidianidad. Dios se está manifestando siempre, en todo momento, a cada instante, pues, su amor es sin tiempo ni espacio, es infinito y eterno, es una fuente que siempre está manando ríos de agua viva. Sin embargo, pese al esfuerzo enorme que hicieron las hermanas Marichu, Leila y Teresa, no pude llegar a comprender nada.

Luego me alejé de la fe, aunque no sé si realmente fue así. Llegaron a mi vida Nietzsche y Hesse que me llevaron a pensar en otras cosas. Si bien Nietzsche me empujó apasionadamente hacia su ateísmo y su injusta agresión al Cristianismo –digo injusta, puesto que considero que el pensador alemán no comprendió nunca la fe cristiana–, Hesse, de alguna manera, me retuvo dentro de los límites de la espiritualidad. El creador de El Lobo Estepario tenía una práctica filosófica dentro de la cual armonizaba al Budismo, al Hinduismo y al Cristianismo. Hesse me hizo tropezar con otra visión trinitaria, pero esta vez del espeso pensamiento religioso de la India. Aunque ya la referencia no me hablaba de un Padre, de un Hijo y de un Espíritu Santo, sí me exponían a tres divinidades que conformaban un todo, lo Absoluto: Brahma, Visnú y Siva. Brahma representaba al señor de toda la creación. Visnú el encargado de preservar la vida y el destino de los seres humanos. Siva era el destructor y dios del tiempo. Si bien es cierto, no es muy semejante a la Trinidad cristiana, estas tres divinidades hindúes me abrieron a la posibilidad de comprender un concepto que nos puede guiar muy bien: comunidad. Estas tres figuras de la sabiduría espiritual de la India funcionan en comunidad.

El tiempo pasó. Volví a la fe cristiana y en estos primeros años he intentado responder y aclarar las dudas del pasado, entre ellas, la Santísima Trinidad. Lo curioso es que la respuesta siempre estuvo delante de mí, pero, lógicamente, no se me revelaba por no dejarme llevar del amor que viene de arriba. Mi vida, nuestra familia es una revelación de la Santísima Trinidad. La familia en armonía siempre será un reflejo de la Trinidad. Allí se desnuda aquella explicación de mi abuela. La Trinidad se revela en el corazón de la familia por medio de la armonía. Sólo esa armonía permite el funcionamiento amoroso de la Trinidad. Esa armonía, que ahora comprendo es Dios, permite que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo funcionen como una misma cosa. Por eso la Iglesia nos dice que “Uno es Dios y Padre de quien proceden todas las cosas, uno solo es el Señor, Jesucristo, por el cual son todas las cosas, y uno el Espíritu Santo en quien son todas las cosas”. Ahora, es el amor y no otra cosa lo que brinda armonía a la Trinidad. El amor es la armonía de la armonía: Dios es Amor. Sólo a través del amor se explica y se comprende el funcionamiento del Padre, del Hijo y del Espíritu. El amor se desliza de uno a otro y los unifica en un mismo bloque amoroso, en una especie de cascada transparente que cae sobre todos por igual. Aquí comprendí aquello que tanto les costó hacerme entender a las hermanas del Colegio.

El amor es un acto personal sustentado en un misterio y Dios es la fuente de ese misterio. Un misterio que reúne a las partes y las hacen una sola cosa. Tú y yo somos esposos, hermanos y amantes. Amantes en un amor que va más allá de lo meramente humano, de lo temporal. Amantes en un amor que nos transforma en una misma moneda con dos caras. Amantes en un amor que descubre el placer, no en el placer mismo, no en el gozo mismo, sino en la totalidad del otro que es la persona amada. Amantes en un amor que nos abre a la posibilidad cierta de ser amantes de nuestros hijos y cuyo objetivo es que nuestros hijos nos vean como personas amadas y así confundirnos en un mismo amor que nos transforme en una sola persona aunque seamos cuatro personas. Ese amor nos desnuda en comunidad. Nuestra familia se descubre en comunidad, ya que será reflejo de un Dios que son tres en uno solo, es uno y trino, reflejo de un Dios que nos brinda en su amor su rostro comunitario: Dios es comunidad. Dios es comunión. Dios es familia y nuestra familia es Dios. Aquí comprendí lo que me contaba Hesse en sus libros: Padre, Hijo y Espíritu son una comunidad amorosa en constante fricción, esa fricción despierta una llama, esa llama es una llama de amor viva, esa llama de amor viva es Dios.

Ahora, todo esto fue descubierto en mi corazón junto a ti, Miranda y Sebastián, es decir, en familia. En nuestra experiencia de familia se nos revela el misterio de la Trinidad y lo ha hecho siempre. Lo hace en los momentos de alegría y plenitud gozosa, pero también lo hace en la dificultad y el dolor profundo. Por eso hemos salido airosos en todo momento. Por eso hemos sido victoriosos pese a todo. En nosotros arde la imagen de un ser que son tres vencedores de la muerte. En nosotros se refleja la Santísima Trinidad y nuestra tarea como pareja, como familia es que, desde nuestra fe, desde esta comprensión primordial de la vida familiar, la llevemos a otros, pero no sólo de palabra, sino de acción, que tengamos el amor suficiente para que seamos reflejos de un amor mayor, mucho más antiguo, de un amor originario. Esa es la invitación que te hago, que me hago. Nuestro Dios, es decir, la Santísima Trinidad, es la única divinidad que nos busca, que sale a nuestro encuentro, que, como aquella hermosa parábola de Cristo, no espera a que entremos a la casa, sale, corre pleno de alegría a recibirnos en sus brazos inflamados de amor. Luchemos por mantenernos en el corazón trinitario de nuestra fe, pero con la finalidad de que sepamos propagarla a otros, ya que, el amor de Dios no se nos da para consumirnos egoístamente en él. Somos capaces de crear amor como el Padre. Somos capaces de encarnar ese amor y llevarlo a otros como el Hijo. Somos capaces de mantener vivo ese amor en nosotros y en los otros como el Espíritu Santo. Todo hombre es capaz de Dios. Toda familia es capaz de Dios. ¿Vamos?  


Te amo trinitariamente.