Buenos días, mi bien, estaba
contando las horas para volverte a escribir. Ayer, como todos los jueves, tuve
sesión del Consejo Universitario. Fue una sesión normal llena de las tensiones
a las cuales torpe e innecesariamente nos somete este gobierno de turno, pero,
al mismo tiempo, con momentos de intensa fe y esperanza de parte de todos y
cada uno de los miembros del cuerpo que, como si nada, nos devuelve al empeño
ferviente de seguir caminando y enfrentando dignamente lo que nos venga. Todos lo
hemos asumido como un camino hacia la santidad. ¿Un Consejo Universitario que
aspire a la santidad? ¿En Venezuela? ¿En este momento? Sí, pues así es. Tenemos
diferencias, sin duda, imagínate que el Capellán de la universidad es madridista,
¿puedes creer? Y, aunque el rector no lo diga, estoy casi seguro de que es
caraquista. En fin, que tenemos diferencias, pero un objetivo común: la
santidad. Una santidad manifestada en la búsqueda constante y tesonera del
funcionamiento digno y honesto de nuestra universidad. No, no pienses que las
tres, cuatro horas que dura el Consejo lo dedicamos a la oración, aunque
oramos, pero intentamos discutir los temas de nuestra universidad, de la
universidad venezolana, del país y del mundo desde una óptica distinta, desde
una visión que atraviesa la simpleza y vulgaridad a través de las cuales se concibe
la política en Venezuela actualmente.
Ayer, el Capellán, quien
siempre dirige la oración, suele traer un texto que comparte generosamente con
nosotros y, a la luz de ese texto, parece guiarse todo el Consejo. La lectura
que nos trajo tiene que ver con unas afirmaciones que hiciera recientemente el
Papa Francisco. Afirmaciones sobre la fe y el amor de Dios. Comparto contigo un
par de líneas de las consideraciones del Papa sobre el amor de Dios: “creo que no existe ningún teólogo que
pueda explicar esto: no se puede explicar. Solamente esto se puede pensar,
sentir y llorar. De alegría. El Señor nos puede cambiar”. El amor de
Dios, a juicio del Papa, no puede ser explicado. Esto me llama la atención,
pues, en esa sintonía, se encuentran las más antiguas tradiciones espirituales
de Oriente como, por ejemplo, el budismo que afirma que el camino (Tao) que se
nombra no es el camino. Ahora bien, ¿puede explicarse el amor de Dios? No lo
sé, pero partiendo de que tanto “amor” como “Dios” son palabras humanas y que
todas las palabras y sus significados pasan por un complejo proceso llamado
subjetividad, entonces comprendemos que, efectivamente, sí podemos explicarlo, aunque
seguramente muy alejados de lo que realmente es en cuanto a que “eso” que llamamos
Dios es lo único que es, que ha sido y será. Esa maravillosa empresa pedagógica
llamada Fe y Alegría tenía, o tiene, una especie de consigna que decía que “donde
terminaba el asfalto, allí comenzaba Fe y Alegría”. Se me ocurre que, allí
donde termina el lenguaje humano, allí comienza Dios.
Ahora,
no nos vayamos a algo tan complejo como el intento de saber si el amor de Dios
puede ser o no explicado, pensemos, más bien, si se puede explicar el amor
humano. ¿Me permites ponerme poético? ¿Sí?, muy bien, tomemos por ejemplo a
Pablo Neruda, el nobel chileno. ¿Cuántos poemas y libros de poemas le escribió
a su Matilde? Seguro más de veinte libros de amor y una canción desesperaba
intentando explicarle su amor. No, no pudo hacerlo, ya que, el amor, así como
dice el Papa no se explica. La explicación transforma el amor en una operación
matemática. La explicación lo enfría, lo anula, lo desubica, lo mata. El amor
no está jamás en las palabras. El amor, a mi juicio, está en la fuente de las
palabras. En el espacio que hay entre una palabra y otra. En la búsqueda de las
palabras adecuadas. El amor está en la fuente del amor y no en otra parte. Cuando
sacamos las palabras de esa fuente profunda y las volcamos en el discurso
exterior, allí muere. El amor es como el silencio: muere cuando nace la
palabra. Esto, en modo alguno, significa que el amor no exista, claro que
existe. Esta fuerza que me mueve a escribirte esta carta, por ejemplo, es el
amor. Lo sé, y lo sé no por los dedos que caen agitadamente sobre el teclado y
cuyo resultado son este montón de palabras que ahora lees. Lo sé por lo que no
estás viendo ahora, es decir, el llanto detrás de cada palabra.
Desde
el Antiguo Testamento hasta este instante en que te escribo, se ha venido
intentando explicar el amor de Dios. Del Génesis vamos al Nuevo Testamento. De los
Evangelios a los Padres de la Iglesia. De los Padres de la Iglesia a los
místicos cristianos. De los místicos a la Encíclica “Deus Caritas Est”, se
viene intentando comprender qué es eso que llamamos Amor de Dios, claro, sólo
quedándonos dentro del marco de la fe cristiana, ya que las demás religiones
tienen también una larga tradición sobre el tema, incluso algunas más antiguas
que la cristiana. Sin duda, es harto complejo, ya que, por si esto fuera poco,
los componentes que, según los teólogos, sirven para explicar este amor son
también inexplicables, por ejemplo, el perdón. El perdón es una facultad
hermosa que define al amor cristiano, pero, si tratas de verlo objetivamente,
no hay cosa con más posibilidades de ser injusta que el perdón, hay pocas cosas
más irracionales que el perdón. Precisamente debido a que las explicaciones que
podemos dar para entenderlo o comprenderlo las vamos a tomar a partir de
referentes humanos y todo lo humano es limitado y finito. Fíjate con la caridad,
por ejemplo, según Simeón el Nuevo Teólogo, Padre de la Iglesia Ortodoxa, afirma
que ella no es un nombre, sino la esencia misma de Dios y Dios, complementaría
yo con todo respeto, tampoco es un nombre. Por ello siempre he pensado que Dios
está detrás de Dios y no se llama Dios, pero es lo Absoluto, lo total, la
realidad verdadera, o Samsara, esa bella palabra del sánscrito que intenta
explicar, justamente, lo inexplicable.
¿Existe el amor de Dios? Sí,
totalmente y es un amor tan profundo, tan insondable, tan amor que la única
manera que tenemos los seres humanos para aproximarnos a él es a través del
mismo amor y hay que darle gracias a Dios por eso. Todos los cristianos hemos aceptado
en que Dios nos demostró todo su amor encarnando en hombre para asumir todos
los pecados de la humanidad y expiarlos a través de su propia muerte, es decir,
entregarse por los hermanos. Allí, a mi juicio, la gran lección de amor: la entrega,
la entrega total hasta morder el corazón del dolor, ya que no hay un amor más
grande que quien da la vida por los hermanos. ¿Ves dónde está lo complejo? El
entendimiento humano no da para comprender esto, está más allá de cualquier
explicación racional. Podemos comprender que lo hiciera Cristo, es más, lo
agradecemos, pero encarnar en nosotros esto cuesta mucho. Allí muere la
explicación. Hasta allí llega. Allí terminan las palabras y el asfalto. Allí nace
la gran frustración, el mayor sufrimiento, la profunda miseria que llegaron a
sentir los místicos cristianos: no poder dar ese paso que, además, en cada uno
es distinto y único. Sin embargo, el amor de Dios está allí, siempre abierto
para nosotros, para intentar vivirlo, pues, ser cristiano es un intento de
todos los días. En ese intento, en esa búsqueda permanente está el amor que
jamás lograremos explicar.
Tuyo siempre en el amor
inexplicable de Dios.

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