viernes, 20 de marzo de 2015

Sexta Carta a Mariela: El amor de Dios



Buenos días, mi bien, estaba contando las horas para volverte a escribir. Ayer, como todos los jueves, tuve sesión del Consejo Universitario. Fue una sesión normal llena de las tensiones a las cuales torpe e innecesariamente nos somete este gobierno de turno, pero, al mismo tiempo, con momentos de intensa fe y esperanza de parte de todos y cada uno de los miembros del cuerpo que, como si nada, nos devuelve al empeño ferviente de seguir caminando y enfrentando dignamente lo que nos venga. Todos lo hemos asumido como un camino hacia la santidad. ¿Un Consejo Universitario que aspire a la santidad? ¿En Venezuela? ¿En este momento? Sí, pues así es. Tenemos diferencias, sin duda, imagínate que el Capellán de la universidad es madridista, ¿puedes creer? Y, aunque el rector no lo diga, estoy casi seguro de que es caraquista. En fin, que tenemos diferencias, pero un objetivo común: la santidad. Una santidad manifestada en la búsqueda constante y tesonera del funcionamiento digno y honesto de nuestra universidad. No, no pienses que las tres, cuatro horas que dura el Consejo lo dedicamos a la oración, aunque oramos, pero intentamos discutir los temas de nuestra universidad, de la universidad venezolana, del país y del mundo desde una óptica distinta, desde una visión que atraviesa la simpleza y vulgaridad a través de las cuales se concibe la política en Venezuela actualmente.

Ayer, el Capellán, quien siempre dirige la oración, suele traer un texto que comparte generosamente con nosotros y, a la luz de ese texto, parece guiarse todo el Consejo. La lectura que nos trajo tiene que ver con unas afirmaciones que hiciera recientemente el Papa Francisco. Afirmaciones sobre la fe y el amor de Dios. Comparto contigo un par de líneas de las consideraciones del Papa sobre el amor de Dios: “creo que no existe ningún teólogo que pueda explicar esto: no se puede explicar. Solamente esto se puede pensar, sentir y llorar. De alegría. El Señor nos puede cambiar”. El amor de Dios, a juicio del Papa, no puede ser explicado. Esto me llama la atención, pues, en esa sintonía, se encuentran las más antiguas tradiciones espirituales de Oriente como, por ejemplo, el budismo que afirma que el camino (Tao) que se nombra no es el camino. Ahora bien, ¿puede explicarse el amor de Dios? No lo sé, pero partiendo de que tanto “amor” como “Dios” son palabras humanas y que todas las palabras y sus significados pasan por un complejo proceso llamado subjetividad, entonces comprendemos que, efectivamente, sí podemos explicarlo, aunque seguramente muy alejados de lo que realmente es en cuanto a que “eso” que llamamos Dios es lo único que es, que ha sido y será. Esa maravillosa empresa pedagógica llamada Fe y Alegría tenía, o tiene, una especie de consigna que decía que “donde terminaba el asfalto, allí comenzaba Fe y Alegría”. Se me ocurre que, allí donde termina el lenguaje humano, allí comienza Dios.

Ahora, no nos vayamos a algo tan complejo como el intento de saber si el amor de Dios puede ser o no explicado, pensemos, más bien, si se puede explicar el amor humano. ¿Me permites ponerme poético? ¿Sí?, muy bien, tomemos por ejemplo a Pablo Neruda, el nobel chileno. ¿Cuántos poemas y libros de poemas le escribió a su Matilde? Seguro más de veinte libros de amor y una canción desesperaba intentando explicarle su amor. No, no pudo hacerlo, ya que, el amor, así como dice el Papa no se explica. La explicación transforma el amor en una operación matemática. La explicación lo enfría, lo anula, lo desubica, lo mata. El amor no está jamás en las palabras. El amor, a mi juicio, está en la fuente de las palabras. En el espacio que hay entre una palabra y otra. En la búsqueda de las palabras adecuadas. El amor está en la fuente del amor y no en otra parte. Cuando sacamos las palabras de esa fuente profunda y las volcamos en el discurso exterior, allí muere. El amor es como el silencio: muere cuando nace la palabra. Esto, en modo alguno, significa que el amor no exista, claro que existe. Esta fuerza que me mueve a escribirte esta carta, por ejemplo, es el amor. Lo sé, y lo sé no por los dedos que caen agitadamente sobre el teclado y cuyo resultado son este montón de palabras que ahora lees. Lo sé por lo que no estás viendo ahora, es decir, el llanto detrás de cada palabra.

Desde el Antiguo Testamento hasta este instante en que te escribo, se ha venido intentando explicar el amor de Dios. Del Génesis vamos al Nuevo Testamento. De los Evangelios a los Padres de la Iglesia. De los Padres de la Iglesia a los místicos cristianos. De los místicos a la Encíclica “Deus Caritas Est”, se viene intentando comprender qué es eso que llamamos Amor de Dios, claro, sólo quedándonos dentro del marco de la fe cristiana, ya que las demás religiones tienen también una larga tradición sobre el tema, incluso algunas más antiguas que la cristiana. Sin duda, es harto complejo, ya que, por si esto fuera poco, los componentes que, según los teólogos, sirven para explicar este amor son también inexplicables, por ejemplo, el perdón. El perdón es una facultad hermosa que define al amor cristiano, pero, si tratas de verlo objetivamente, no hay cosa con más posibilidades de ser injusta que el perdón, hay pocas cosas más irracionales que el perdón. Precisamente debido a que las explicaciones que podemos dar para entenderlo o comprenderlo las vamos a tomar a partir de referentes humanos y todo lo humano es limitado y finito. Fíjate con la caridad, por ejemplo, según Simeón el Nuevo Teólogo, Padre de la Iglesia Ortodoxa, afirma que ella no es un nombre, sino la esencia misma de Dios y Dios, complementaría yo con todo respeto, tampoco es un nombre. Por ello siempre he pensado que Dios está detrás de Dios y no se llama Dios, pero es lo Absoluto, lo total, la realidad verdadera, o Samsara, esa bella palabra del sánscrito que intenta explicar, justamente, lo inexplicable.

¿Existe el amor de Dios? Sí, totalmente y es un amor tan profundo, tan insondable, tan amor que la única manera que tenemos los seres humanos para aproximarnos a él es a través del mismo amor y hay que darle gracias a Dios por eso. Todos los cristianos hemos aceptado en que Dios nos demostró todo su amor encarnando en hombre para asumir todos los pecados de la humanidad y expiarlos a través de su propia muerte, es decir, entregarse por los hermanos. Allí, a mi juicio, la gran lección de amor: la entrega, la entrega total hasta morder el corazón del dolor, ya que no hay un amor más grande que quien da la vida por los hermanos. ¿Ves dónde está lo complejo? El entendimiento humano no da para comprender esto, está más allá de cualquier explicación racional. Podemos comprender que lo hiciera Cristo, es más, lo agradecemos, pero encarnar en nosotros esto cuesta mucho. Allí muere la explicación. Hasta allí llega. Allí terminan las palabras y el asfalto. Allí nace la gran frustración, el mayor sufrimiento, la profunda miseria que llegaron a sentir los místicos cristianos: no poder dar ese paso que, además, en cada uno es distinto y único. Sin embargo, el amor de Dios está allí, siempre abierto para nosotros, para intentar vivirlo, pues, ser cristiano es un intento de todos los días. En ese intento, en esa búsqueda permanente está el amor que jamás lograremos explicar.


Tuyo siempre en el amor inexplicable de Dios.

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