Mi amor, pensé
que no tendría la oportunidad de escribirte. He tenido unos días de mucho
agite. A veces las vicisitudes nos complican un poco el panorama, pero, a
diferencia de ese pasado mío, hoy siento una fuerza poderosa en mí que no
permite que le brinde espacio a esa oscuridad que nubla la vista de los hombres
y hace que fácilmente perdamos el camino. La fe, esta fe en la que ahora vivo,
esta fe que me alimenta, esta fe que me llena el alma de mi alma, es una vela
con una llama tan incandescente que no da tregua a ninguna oscuridad de este
mundo. Por cierto, que no todo el mundo ha comprendido esto y han tejido
historias, elucubraciones y purulentos pensamientos que lo único que advierten
es el veneno y la pobreza que enriquece sus almas. Lo lamento mucho, tú lo
sabes, lo hemos conversado. Lo lamento profundamente, pues, muchos, fueron
cercanos, tan cercanos que nunca nos dimos cuenta de lo lejano que éramos realmente. En
fin, esas cosas pasan, y sólo quiero escribirte un poco sobre la fe y que este
domingo próximo estamos en la obligación de darle más vida, de recibir a Jesús
nuevamente, pero no sólo con palmas y vítores, sino también en silencio y
compromiso inquebrantables.
El Papa
Francisco nos recuerda en su Carta Encíclica Lumen Fidei que la fe es un camino que se abre ante nosotros para
posibilitar el encuentro con Dios. Alimenta el centro de nuestro ser con la
experiencia del amor divino, origen y fundamento de todo, que se deja conducir
para caminar hacia la plenitud de la comunión con el Señor. A partir de allí,
al amparo de su luz, nos ponemos al servicio de la justicia, del derecho y de
la paz. Nos aproximamos a la condición justa de San José, padre adoptivo de
Jesús, que no es otra cosa que ser hombres como árbol plantado al lado de
corrientes de agua que da su propio fruto en su estación y cuyo follaje no se
marchita, así, los hombres como árboles que son los hombres justos, en todo lo
que se proponen tienen éxito. Los hombres como árboles son los hombres justos,
como nos lo dice el salmista, y el hombre justo es el hombre de fe, ya que, a
través de ella, se nos permite un saber auténtico de Dios y, a su vez, brinda
el encuentro pleno con cuánto hay de verdadero, bueno y bello en el hombre.
La fe, obrada en
nosotros por el Espíritu Santo para hacernos como árboles, es preparación de un
lugar para poder convivir en armonía con los demás, en vista de que es capaz de
revelar hasta qué punto son sólidos los vínculos humanos. No se trata sólo de
una solidez interior, afirma Francisco, sino que ayuda a iluminar de la misma
manera las relaciones humanas “porque nace del amor y sigue la dinámica del
amor de Dios”. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable.
El hombre de fe que es hombre como árbol apostará siempre y pondrá todo su
empeño y voluntad en busca de la paz de la ciudad, ya que la paz de ella
resultará de la paz entre nosotros. El hombre de fe que es como árbol también
es y será instrumento de paz.
La fe proviene
de un conocimiento auténtico de Dios que, al mismo tiempo, habilita un
conocimiento auténtico de nosotros mismos y de los hermanos que nos acompañan.
Por medio de ella somos capaces de ver a plenitud toda la luminosidad de la
dignidad humana, por ello se expresa en la entrega por los demás, en la
fraternidad, en la capacidad de amar que vence la soledad que entristece. La fe
nos sitúa en el palpitar gozoso del Dios-Amor que nos ofrece un gusto nuevo y
distinto de existir con los ojos abiertos para contemplar risueñamente toda la
realidad. La fe es conocimiento de Dios y del hombre que implica, como advierte
Benedicto XVI, un camino intelectual y moral alcanzado en lo profundo por la
presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, que nos orienta a superar “los
horizontes de nuestros egoísmos y nos abrimos a los verdaderos valores de la
existencia”.
Vivamos nuestro
amor en la fe, esa fe que nos hace esposos, pero, al mismo tiempo, hermanos,
hijos de un mismo Padre que es todo amor y misericordia.
Te amo en y
desde la fe que nos hace contemplar la mano de Dios en la vida de los hombres.
Tuyo…
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