Querida mía,
hace unos días Miranda nos preguntaba quién era la Virgen María y nos decía que
ella sabía que era la Madre de Dios, pero, insistió en preguntar. De tal manera
que, Miranda, realmente no quería saber quién era, más bien quería saber qué
significaba María para el cristiano. La pregunta que nos hacía Miranda es una
pregunta que debemos hacernos con frecuencia, ya que, ella es, en primer lugar,
la primera discípula de Cristo. Lo fue antes de que Él naciera entre los
hombres. María es el modelo a seguir para todos los cristianos y es, al mismo
tiempo, mucho más que eso, es todo más que eso.
Hace poco te
escribía lo que representaba para mí la Trinidad dentro de nuestra vida
familiar. En modo alguno pretendí decir que mis palabras revelaban ese misterio
profundo. Nadie puede hacerlo, o, para ser más justos, yo no puedo hacerlo. Ahora,
creo que aquella joven María sí pudo haberlo hecho, ya que, en ella, más allá
de toda interpretación, se convocó amorosa la Trinidad. San Josemaría Escrivá
de Balaguer lo explicaba así: “Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios
te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios
Espíritu Santo… ¡Más que tú, sólo Dios!” Dios es la Trinidad en perfecta
armonía llena de Amor y María, dirá Chiara Lubich, contiene a Dios, “la amó
tanto que la hizo su Madre, y su Amor lo empequeñeció frente a ella”. Por ello,
los cristianos podemos afirmar con absoluta certeza que, María, es nuestra
Madre y Reina del Cielo. Señora de los Ángeles, Puerta del Cielo, Madre del
Verbo, Madre siempre Virgen. Esa fue, es y será siempre María.
María, siempre
Virgen, es silenciosa presencia, en cuyo silencio palpita la obligación
cristiana de ser cálices de silencio que se hace palabra encarnada en acciones.
Acciones que brotan atronadoras del silencio hecho palabra como ecos de aquel
Sí, ese Sí sin vacilaciones, valiente que, como lo afirma el Himno Akhatistos,
la transformó en puerta del augusto misterio, guía del eterno consejo, primer
milagro de Cristo, síntesis de todos los dogmas, escalera celeste a través de
la cual descendió Dios a los hombres, puente a través del cual los hombres se
encuentran con Dios. San Máximo de Turín escribió que María era el contenedor
más hermoso del Evangelio, en su vientre cargó el Verbo divino que se haría
carne repleto de un Amor que no cabía en el cielo y se volcó sobre la tierra
para la salvación eterna tuya y mía. Algo similar dijo San Pedro Crisólogo
cuando contemplaba a María como quien contuvo en sí a quien el mundo no podía
ni ha podido contener; sólo ella llevó en sus brazos a aquel que sostiene al
mundo más allá de todo tiempo y espacio. Mi vida, imagínala, imagina a aquella
hermosa mujer alimentando de su seno, entregando su leche de madre a Jesús, a
Cristo. Ella alimentó a quien luego nos alimentará a todos nosotros hasta
hacernos uno con el Padre que nos ama desde el cielo. María engendró a su
Creador y alimentó al que da el alimento a los vivientes.
María, Madre de
Dios, es, por tanto, madre del Amor hermoso que permite que el misterio de la
natividad se repita constantemente, ya que, su mirada misericordiosa nos purifica
el alma para darle a Cristo la oportunidad de nacer en la virginidad de nuestra
alma humillada por su amor, ese amor que nos revolotea en el estómago cuando lo
aceptamos como nuestro único Señor. Así queda establecido en ese luminoso
documento conciliar llamado Lumen Gentium, cuando el Verbo nace en el corazón
de los hermanos, Cristo es nuevamente concebido por el Espíritu Santo y nacido
de la Virgen en nosotros.
Miranda nos
pregunta quién es María. Cómo le explico que María es la Dignidad más excelsa,
que es Madre de Misericordia, que es la gran posibilidad de la unidad entre los
cristianos, ya que, si Dios es nuestro Padre y Jesús es nuestro hermano,
entonces, no cabe duda, de que ella es nuestra Madre. ¿Cómo podemos agradar a
nuestra Madre que está en el Cielo? Siendo humildes, pacientes, sobrios,
modestos, mansos, recogidos, devotos de alma, en especial, humildes, humildes
como ella que, como nos recuerda San Josemaría Escrivá, a ella nunca la veremos
entre las palmas de Jerusalén, ni –fuera de las primicias de las bodas de Caná–
a la hora de los grandes milagros. “Pero no huye del desprecio del Gólgota:
allí está, «juxta crucem Jesu»– junto a la cruz de Jesús, su Madre”. Y fue en
la cruz donde se confirmó su condición de madre de la humanidad, cuando, de la
voz agonizante y adolorida de Jesús colgado a la cruz, dijo para grabarlo en todo
corazón: “He allí a tu madre” y como madre está allí, siempre ha estado allí y
siempre estará. Tú, Mariela, eres María, tú más que nadie que te he visto
sufrir en el sufrimiento de Miranda y Sebastián. Eres tú que ha estado allí,
junto a mí, en mis momentos de mayor amargura. ¿Quién es María?, pregunta
Miranda, María somos nosotros, cada uno de nosotros, cuando dejamos actuar el
amor de Dios en la tierra.
Esa es María…
Te amo
marianamente…
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