viernes, 1 de mayo de 2015

Onceava Carta a Mariela: Mayo, mes del Verdadero Amor.



Buenos días, amor, tenía varios días sin poderte escribir y ha querido Dios que sea hoy, viernes 1 de mayo, puerta al mes dedicado al amor más grande: el amor de Madre, por ello, los cristianos nos unimos para celebrar a María, la siempre Virgen, la madre del Amor, la madre de Dios. Al ser madre de Dios es, lógicamente, madre de todos los hombres. Durante este mes de mayo mis escritos, todos, estarán dedicados a ella que, en cierta medida sería como dedicártelos a ti, ya que eres madre y eres amor, parte de ese amor derramado por Dios en este mundo para que yo te ame amándote sin medida. El amor es y será siempre fuerza unificadora, núcleo de la Trinidad y de la Iglesia, núcleo vital que da vida, vida nueva, a la vida de los seres humanos. Somos los testigos de ese amor del amor. Testigos del amor de Dios, amor perfecto, dulce, suave, paz verdadera y seguridad, como escribe Santa Gertrudis La Grande: amor que eleva a la perfección todas las virtudes y le brinda salud al espíritu.

A ese amor he dedicado mis dos artículos de este fin de semana. El sábado en Monitor 1867 publicarán un pequeño texto sobre la concepción del amor tejida desde la idea del amor en Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares. Cuando Chiara habla de amor de qué está hablando realmente, habla al dinamismo que empuja a todo ser hacia aquello que es un alter, puesto que ese es el dinamismo del amor. No podríamos tener el deseo de Dios o la aspiración hacia lo divino si ello nos fuera absolutamente extraño y ese maravilloso dinamismo muestra su vigencia desde la Trinidad hasta la última partícula elemental de la materia. En tal sentido, Dios es Amor y todas sus implicaciones que, al mismo tiempo –y en Dios nos hay tiempo puesto que es eterno– está más allá de todo dualismo, razón por la cual, Dios es un Amor que está más allá del amor, nos referimos con esto al carácter dual de la concepción humana del amor. El domingo, en Contrapunto, me publicarán el texto “En ti todo se llama amor”. Un texto que busca acercarse al discurso del misticismo cristiano, particularmente a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Santa María Magdalena de Pazzi. Un texto que busca degustar desde la palabra, siempre maltrecha, la pureza diáfana de un amor más allá de toda palabra. En ese texto te hago un pequeño homenaje, ya lo leerás.

Dos textos que brotan de cuatro preguntas que ya se hacían los místicos cristianos: ¿este amor es de origen divino o humano?, ¿es acaso una experiencia que el hombre, dominado, experimenta de manera pasiva, o, por el contrario, es una acto de la libertad en la cual el hombre dispone de sí mismo? ¿es acaso fusión con lo Divino y la disolución en su seno, o permite que subsista una distinción entre Dios y el hombre? ¿este amor corta contacto con el mundo o abre una vía de acceso a él? Esas respuesta, supongo, quedarán sujetas a la subjetividad inevitable. En todo caso, lo que me queda bastante claro es que, al menos, para los místicos, el Cantar de los Cantares resulta el texto de donde mana toda el agua que calma esta sed amorosa. De allí parece surgir todo el desbordamiento metafórico que engalanan todos estos textos. Cristo percibido desde el Amante amoroso que busca acariciar el Alma, a la Amante o, si se quiere, a su Iglesia, esposa eterna de este eterno amor. El esposo y la esposa, El Amante y la Amada, tú y yo: el amor que crece desde el amor que crece desde el amor que crece.

“Por el amor de tu amor, escribe Santa Gertrudis de Helfta en sus Ejercicios espirituales, haz que lleve siempre sobre mis hombros el yugo suave y la carga ligera de tus preceptos, que conserve siempre sobre mi pecho, como un ramillete de mirra, la señal de tu santa fe. Así tú permanecerás crucificado para mí, clavado siempre en mi corazón”. Así recibo el mes de mayo, con total apertura amorosa para que un amor más grande que todos los amores me haga parte de sí mismo y me abra a ti, mi esposa, mi abra a los demás y así ser, ya no testigo, sino testimonio de su esencia divina. Celebremos amándonos este mes del amor, este mes de María, nuestra madre, la madre de todos.

Tuyo siempre en el amor de Dios.


Laus Deo. Pax et Bonum

domingo, 12 de abril de 2015

Sobre la Divina Misericordia


A ti, Mariela, quien pidió mi regreso a la fe católica
A la santa memoria de la Hermana Francisca

“Por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias. Por eso quiero, que cada alma tenga acceso a ella” (Diario, 570)

            Hace 6 años mi esposa comenzó a asistir a la procesión que nuestra parroquia prepara para celebrar a la Divina Misericordia. Siempre con mi madre a su lado, caminaron largas distancias para solicitar del mismísimo Cristo sus deseos y querencias más íntimas. Cada una pidiendo por los suyos confiando plenamente en que sus súplicas serían escuchadas siempre y cuando estuvieran acordes con la Voluntad de Dios que es la misma Voluntad del Hijo. Entre otras peticiones, mi esposa pidió insistentemente por mí. No por mi salud ni por éxitos en mi vida laboral, sólo pedía mi regreso a la fe en Dios a través de la fe católica. Fe con la que estuve reñido durante mucho tiempo. Luego de tres años de peregrinación, dos o tres días antes de una nueva caminata hacia el corazón de la sagrada misericordia, no sé por qué razón, le dije a Mariela que la quería acompañar. Meses antes de decirle esto, ya venía doblegándose la dureza de mi corazón, venía poniéndose de rodillas mi orgullo absurdo y ridículo, venía despertando en mi alma la voz siempre activa en el Evangelio. Sospecho que Mariela se sorprendió ante lo que le decía, pero, como mujer sabia, nada dijo. Llegó el domingo esperado y salí con ella. Curiosamente fue el último día que vi a un familiar muy querido y que me quería mucho. Nada más comenzar la caminata, comencé a llorar empujado por una fuerza sobre la cual no tenía control alguno. Cerraba los ojos y ahí me conseguí a mi abuela que, desde siempre, fue la puerta a través de la cual entró en mí la fe católica. Cristo escuchó con amor a mi esposa, escuchó sus súplicas y la escuchó de tal manera que ahora me he vuelto yo quien la empuja hacia la enseñanzas de una Iglesia profundamente hermosa, maravillosa y repleta de muchos misterios todavía por conocer a través de los cuales busco explicarme como persona, como ser humano.

Hoy es 12 de abril y estamos caminando nuevamente, mi tercer año seguido, en pos de beber de la fuente infinita de la misericordia de Cristo, pidiendo por nuestros seres queridos, pidiendo más milagros. Caminando juntos, abrazados a un mismo corazón, mirando juntos hacia un mismo objetivo: el corazón de Jesús. Caminamos escuchando en nuestro corazón al Señor diciéndonos suavemente que su misericordia es más grande que nuestra miseria y la del mundo entero. Preguntándonos si alguien ha sido capaz de medir su bondad. Por nosotros bajó a la tierra, por nosotros se dejó clavar en una cruz, cruz que es árbol de vida. Por nosotros permitió que su corazón fuera abierto por una lanza, pero que, gracias a esa lanza, desde entonces, quedó abierta la fuente de la misericordia para cada uno de los hombres que habitan este mundo. “Ven, nos dice bajo la inclemencia dulce de este sol abrasador, toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza”. Ahora, ¿cuándo y cómo comenzó todo esto? ¿A quién le debemos la posibilidad de saber que estaba dispuesta para el ser humano la fuente de la misericordia de Cristo en quien debemos confiar plenamente?

Santa María Faustina Kowalska es el apóstol de la Divina Misericordia, nació con el nombre de Elena y desde muy niña, cerca de los 7 años, sintió en su alma ese llamado que desemboca en una vida entregada a Dios y a su Santa Voluntad. Intentó ingresar a la vida conventual, pese a la negativa de sus padres. Fue rechazada una y otra vez por su edad tan corta hasta que un día se rindió y se dispuso a no insistir más. Sin embargo, tuvo una visión de Jesús y este, lleno de tristeza, le reprochó su rendición preguntándole hasta cuándo lo haría sufrir, hasta cuándo lo engañaba. Este episodio la empujó a volver a insistir hasta que fue aceptada en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia. A partir de ese momento, fue visitada por Cristo para encomendarle una misión: “Hoy te envío a ti a toda la humanidad con Mi misericordia. No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla a Mi Corazón misericordioso” (Diario 1588). Muchas fueron las ocasiones en las que el Señor le pidió que proclamara esta verdad bíblica: “escribe, habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia (Diario 965); habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la infinita misericordia Mía” (Diario 848); “Habla al mundo de Mi misericordia, de Mi amor. Me queman las llamas de la misericordia, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres. Oh, qué dolor Me dan cuando no quieren aceptarlas” (Diario 1074).

La imagen de la Divina Misericordia es ampliamente conocida y su contenido está estrechamente relacionado con la sagrada liturgia de este domingo: la Iglesia lee el Evangelio según San Juan (20, 19-29) sobre la aparición de Jesucristo resucitado en el cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia. De esta manera, Cristo se nos desnuda como camino hacia la paz para la humanidad a través del perdón de los pecados por medio de su pasión y muerte. De su pecho amoroso brotan dos rayos: uno rojo y otro transparente simbolizando la sangre y el agua derramadas cuando el soldado atravesó su corazón ya detenido. El mismo Cristo se lo explicó de esta manera a Santa Faustina: “El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las Almas. Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos” (Diario, 299). Como dice Sor Ma. Elzbeta Siepak: “la imagen no presenta solamente la Misericordia de Dios, sino que también es una señal que ha de recordar el deber cristiano de confiar en Dios y amar activamente al prójimo”.

El mensaje dado a la Santa abrazó el corazón de San Juan Pablo II y  cuyas experiencias se desbordan en una de sus encíclicas más hermosas y más necesarias en la actualidad: Dives in Misericordia (30-12-1980), fruto maduro de sus experiencias en la adolorida Polonia sacudida por la maldad del fascismo y del comunismo, las dos caras de un mismo veneno, aniquilador de todo lo bueno que hay en el ser humano. El tiempo transformó en una misma esencia la experiencia de Santa Faustina y el magisterio del Santo Papa Santo. Por esta razón, los católicos, principalmente los venezolanos, estamos hoy de fiesta, pues se cumplen 80 años de la coronilla de la Divina Misericordia, 35 años de la promulgación de la Encíclica Dives in Misericordia, 30 años de la primera visita a Venezuela de San Juan Pablo II y su partida hacia el corazón del Padre ocurrida hace 10 años, y 15 años de la canonización María Faustina Kowalska. Por estos regalos de Dios, caminemos juntos hacia una nueva dimensión de la fe católica, del amor cristiano plenamente confiados en la misericordia de Cristo. Caminemos por la paz y la reconciliación de los venezolanos, conscientes de que debemos, en primer lugar, reconciliarnos con nosotros mismos, perdonarnos a nosotros mismos y, en segundo lugar, perdonar a los demás, los otros, nuestros hermanos. Los milagros existen, son reales y, cuando menos lo esperes, puedes ser testigo y protagonista de ellos.


Laus Deo.

viernes, 10 de abril de 2015

Décima Carta a Mariela: Sobre mi intolerancia


Querida mía, esta carta será bastante breve en cuanto a lo que tengo que decir. Se trata, sin duda, de mí, gracias a Dios, poco frecuente intolerancia. Esto es algo que, sin duda, tengo que trabajar mucho. No sé por qué estas cosas me pasan eventualmente, en especial, por cómo se ha dado mi formación espiritual. Soy católico, profundamente católico, aunque sigo en este proceso de descubrimiento que siempre ofrece la fe. Descubrimiento de la belleza de la Iglesia y descubrimiento personal. Sin embargo, hay otras referencias espirituales en mí que son tan válidas y legítimas como las de otros, aunque puedan ser diametralmente opuestas. Soy católico, pero mi paso por lecturas del Hinduismo y del Budismo han dejado sus huellas, en algunos casos, indelebles.

No puedo pretender asumir la absurda posición de que el único camino que conduce a Dios es el que, qué cosas, yo camino. Hubo sabio de la India llamado Sri Ramakrishna, hombre que se consagró a buscar a Dios a través de distintos caminos como el hinduismo, el cristianismo y el islamismo, que describió la relación del hombre con Dios a través de una historia que, más o menos, dice así: Cuatro ciegos se reunieron para examinar un elefante. Uno de ellos tocó una pierna del elefante, y dijo: "El elefante es como un pilar". Otro tocó la trompa, y dijo: "El elefante es como un grueso bastón". El tercero palpó la barriga del animal, y dijo: "El elefante es como un gran tonel". Otro le tocó una oreja, y dijo: "El elefante es como un gran abanico". Los cuatro comenzaron a disputar acaloradamente acerca de la forma del elefante. Pasó por allí un hombre y viéndolos discutir, les preguntó: "¿Cuál es la causa de la disputa?" Ellos le hicieron conocer sus opiniones y le pidieron que hiciera de árbitro. El hombre dijo: "Ninguno de ustedes ha visto el elefante. El elefante no es como un pilar; sus piernas son como pilares. No es como un abanico; sus orejas son como abanicos. No es como un bastón; su trompa es como un grueso bastón. No es como un tonel; su barriga es como un gran tonel. El elefante es la combinación de todas esas cosas: piernas, orejas, barriga, trompa, etc.". Del mismo modo, aquellos que disputan sobre la naturaleza de Dios son personas que han visto sólo un aspecto de la Divinidad.

Quisiera cerrar esta muy breve carta llena de vergüenza con una anécdota de Gandhi. Una anécdota realmente conmovedora. Gandhi muchas veces hizo largo y devastadores ayunos ofreciéndolos por la independencia y la paz de su India venerada. Cuando el libertador del subcontinente indio iniciaba uno de sus dolorosos períodos de abstinencia, él lo sabía, todos lo sabían, no salía de él hasta conseguir los siempre altruistas objetivos que perseguía. Si la muerte lo sorprendía a consecuencia del dramático debilitamiento que le producía la inanición, estaba dispuesto a pagar ese precio. La valentía que moraba en el pecho de este atrevido ″hombrecito″, era gigantesca. En una de esas veces en la que su cuerpo exangüe yacía postrado casi al borde de la muerte, en su intento de que hindúes y musulmanes depusieran sus odios y sus fanatismos, un desesperado y furioso hindú irrumpe en la serenidad que reinaba en la terraza donde el desfalleciente Mahatma yacía y tiene con él el siguiente diálogo:

─ ¡Come! ─le gritó─. ¡Aliméntate! Cargo tantas culpas en mi alma que no quiero llegar al infierno llevando sobre mis espaldas el fardo de la muerte de otro inocente. ¡Ya maté a uno!
─ Sólo Dios decide quién va al infierno —contestó Gandhi.
─ ¡Es que le di muerte a un niño! ¡Estallé su cabeza contra un muro! ¡El peso de esa culpa no me deja ni respirar!
─ ¿Por qué le diste muerte? ─preguntó Gandhi.
─ ¡Es que los musulmanes mataron a mi hijo! ¡A mi niño que era así de alto! ¡Fueron ellos! ¡Los musulmanes lo mataron!
─¿Quieres que te diga cómo puedes compensar un poco el daño que hiciste y de paso, curar en algo el remordimiento que no te deja vivir? ─preguntó con tartajosa voz el debilitado Mahatma.
─ ¿Cómo? ─vociferó el hindú.
─Encuentra a un niño. A un niño musulmán cuyos padres hayan muerto a consecuencia de esta lucha fratricida que los está aniquilando. Sí; a un niño así de alto, como tu hijo muerto. Adóptalo y críalo como si fuera tuyo.
─ Pero, asegúrate de que sea musulmán —continuó Gandhi—. ¡Y edúcalo de acuerdo con sus tradiciones! ¡Fórmalo como lo que es: un musulmán! Y haz de él un hombre de provecho.

Creo que de esto se trata. Gracias por abrirme los ojos cuando la ceguera que produce la soberbia me sobrecoge.


Te amo infinitamente.

sábado, 4 de abril de 2015

Novena Carta a Mariela: Sobre el juzgar

Querida mía, volví al mundo de las redes sociales casi a empujones. Después de 6 meses de retiro, un par de circunstancias me obligaron a volver. Básicamente estoy por estos lados con la única finalidad de hacer circular mis artículos de opinión que valen lo que valen, ni más ni menos. La otra razón, pues, asuntos de la universidad. Cuando volví a abrir, por ejemplo, el Facebook noté que estaba igual a como lo dejé. Comencé a leer algunos estados y era como si el tiempo no hubiese pasado, aunque, la verdad, 6 meses no es tanto tiempo. Lo cierto es que terminó siendo un reencuentro lleno de muchos silencios. Según me dicen algunos, más con ánimos de oscurecer que de aclarar, la gente no se tomó con agrado lo que ahora escribo. ¿Cómo es posible que después de las cosas que escribía ahora escriba esto? La verdad, pude haber dado respuesta a esa inquietud, pero, ¿es necesario? A mí nadie me preguntó por qué escribía aquellas cosas. La gente parecía sentirse cómoda con lo que leía. Sin embargo, ahora no, ahora parece haber incomodidad y, según veo, eso podría revelar más cosas en los otros que en mí. Lo cierto es que, basándose en lo que llevan dentro, han salido a juzgarme señalando las causas que me han llevado a mi escritura actual. En fin, eso no tiene ninguna importancia, lo que sí creo que tiene importancia es mi deseo de compartir contigo el centro de toda esta situación: el acto de juzgar.

Por supuesto, lo primero que habría que hacer es determinar qué significa juzgar. Etimológicamente deviene del latín iudicare, que significa algo así como “dictar un veredicto”. El diccionario brinda varias acepciones, pero me quedaré con una que guarda estrecha relación con lo que pretendo explicarte. El diccionario afirma que juzgar significa determinar uno mismo, haciendo uso de la razón, el valor positivo o negativo de alguien o algo. Ahora, hay una serie de consideraciones internas en el ser humano que alimentan dándole contenido al hecho de juzgar, esas consideraciones forman parte de ese universo tan personal que llaman subjetividad. ¿Y qué es la subjetividad?, sin duda podría escribirte acá varias definiciones de ella expuestas por grandes filósofos, pero no es la idea, más bien, voy a emplear para ello el refranero popular que entiende la subjetividad como el acto de hablar de la feria según le va en ella o, mejor todavía: el ojo del amo engorda al caballo. Por ello, el genial escritor norteamericano Mark Twain, afirmó que lo historiadores no escribían con tinta sino con prejuicio líquido. Otro tanto apunta Nietzsche cuando dijo tajantemente que no habían hechos sino interpretaciones de los hechos. Dije que no acudiría a la filosofía, perdón. De tal manera que, cuando se juzga a otro,  se dicen más cosas de uno que de quien se juzga. Juzgar a los otros conlleva a ser injusto con los demás, pues, casi siempre se le endilgan a los demás nuestros propios defectos.

“No juzguéis a los demás si no queréis ser juzgados. Porque con el mismo juicio que juzgareis habéis de ser juzgados, y con la misma medida que midiereis, seréis medidos vosotros”, dice el Evangelio. No tenemos las herramientas necesarias para hacer un juicio justo a los demás, por ello, los grandes sabios y maestros espirituales que han pasado por este mundo recomiendan el silencio, puesto que, como advirtió Gandhi, somos imperfectos y necesitamos la tolerancia y la bondad de los demás, también debemos tolerar los defectos del mundo hasta que podamos encontrar el secreto que nos permita ponerles remedio. Sólo Dios es capaz de un juicio justo, pues lo hace a partir de un amor por los seres humanos más allá de todo criterio humano. El juicio de los hombres no es tan justo, pues parte de un amor hacia sí mismo que no le permite ver más allá de sus propias miserias que, además, no reconoce como tales. Sin embargo, es muy difícil liberarnos de esta cárcel, es muy difícil cerrar la boca, estamos en un mundo que obliga a hablar y que sanciona como peligroso el silencio. Dicen que si uno mantiene su boca cerrada por varios minutos corre el riesgo del mal aliento, pero, se me ocurre que si uno no es capaz de cerrar la boca puede que lo que se agobie con malos olores sea nuestra alma y el alma de los demás.

Reconozco, amor, que en un principio me contrariaba lo que decían los demás, lo que escribían sobre mí, sus indirectas, sus burlas, en fin, tú lo sabes tan bien como yo, pero he aprendido a comprender que no se le puede pedir a nadie lo que no puede dar. ¿De corazones vacíos qué puede esperarse? No queda otra opción que compadecer, comprender que la vida es un proceso largo que es amable con unos y con otros no tanto, pero no por injusticia de la vida, ya que la vida se va construyendo sobre la base de mis decisiones y si mis decisiones no son buenas, pues todo lo demás serán las consecuencias de lo que decidido y, como ya he dicho y escrito varias veces, uno siempre está decidiendo entre Cristo y Barrabás. Esa elección es libre, soberana y que nos obliga, si somos maduros, a asumir lo que eso depare. Yo lo sé, pues viví en ese fango, tú lo sabes.


Siempre tuyo siempre…

martes, 31 de marzo de 2015

Octava Carta a Mariela: El Matrimonio es una Cruz

Querida Mariela, estamos comenzando a caminar hacia el corazón de la Semana Santa, hoy es Martes Santo y, como cristianos, nos corresponde hoy exaltar el valor central y profundo de la Cruz. En muchos lugares veremos, o debemos ver, cómo se exalta el crucifijo. Según la liturgia cristiana, hoy conmemoramos el día en el cual Judas traiciona a Cristo. Como todos los años, como siempre desde siempre, por la televisión circulan y circulan documentales sobre estos días en la vida de Jesús. Documentales cada vez más sospechosos. Por ahí anda uno preguntándose quién mató a Cristo. No sé cuál será la finalidad de ellos, en especial porque siento que no se logra ver lo esencial de la Pasión del Señor. En fin, lo importante y la razón de estas líneas es recordar el valor y significado de la Cruz en la vida del cristiano. Así que aprovecharé para darte mi opinión sobre una frase que hemos escuchado mucho, pero me temo desde un sentido incorrecto: el matrimonio es una cruz.

Creo firmemente, más aun hoy, que el matrimonio es una cruz, pero no en el sentido que popularmente se le da, que, como siempre, termina diluyéndose en cosas insustanciales y mundanas. Cuando se afirma que el matrimonio es una cruz se piensa desde la idea de que es un sacrificio inhumano, brutal, ajeno a la felicidad que se supone depara la vida en pareja, si es que esa felicidad es concebida hoy como felicidad plena. De hecho, debo reconocer que, en algún momento, también me hice eco de estas voces que oscurecen más que aclarar. Voces que han venido desmantelando en el corazón de hombres y mujeres el valor real de la sacralidad del matrimonio. El matrimonio es una cruz y por ello hay que huir de él, puesto que, primero que todo, hay que garantizar la satisfacción hedonista del individuo sostenida sobre la base de una concepción simplona de libertad personal. Libertad que se reduce a una idea banal de hacer lo que me plazca como si todo lo que hay en el mundo está sólo para mí y para mi satisfacción. La pareja se obnubila y se quebranta rebajando su condición de personas que se aman a individuos que se brindan placeres temporales. Una vez satisfechos estos placeres, por lo general emanados de una concepción del cuerpo y de la carne vacío de contenido transcendental, vienen las frustraciones, los enfriamientos, la soledad acompañada por otra soledad y el fin de un amor que nunca fue.

El matrimonio es una cruz, lo es, lo es desde la raíz, lo es desde que, por un amor más allá de toda comprensión, un hombre se ofreció para brindar la vida eterna a todos los demás hombres. La cruz no es un martirio que conduce a la muerte. La cruz es madera tomada del árbol de la vida, de la vida más allá de toda vida. La cruz es madera del árbol de la vida regado por ríos de agua viva desbocados de la fuente donde transpira el amor más profundo. La cruz es vida, vida, vida. Por ello, para los cristianos, la cruz es vida y amor, entrega y pasión, comunión, incendio de amor, itinerario hacia el alma de Dios, consagración hacia una vida plena más allá de la muerte y más. ¿Acaso no es algo semejante el matrimonio? La cruz es una puerta hacia una dimensión de mayor plenitud amorosa. La cruz es un instante en manos de la muerte, pero unas manos que no pueden detener el ímpetu sagrado de la vida. El matrimonio es una cruz, pues, en muchos casos, toca morir para dar vida a algo mucho mayor: muere lo individual para que respire la armonía de la comunidad, de la pareja.

El matrimonio es una cruz, ya que en ella está la vida y el consuelo, dirá Santa Teresa, es el camino hacia el cielo. Es una cruz, pues hay una renuncia a sí mismo. Es una cruz, pues, como escribiera San Pablo a los corintios, es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios. El matrimonio es una cruz, pues, a través en él, por medio de él, podemos brindarle a las cosas, a todas las cosas, un sentido divino y el matrimonio, lo decía San Josemaría Escrivá de Balaguer, es una vocación divina.

Mariela, el matrimonio quizás no sea una cruz después de todo, quizás sea yo el necio que quiere verlo así, entonces, el matrimonio para mí es una cruz, ya que, a través de ella, de la cruz, he logrado comprender, aunque no sepa cómo explicar, el sentido real, verdadero y pleno de lo que es el amor. Tú eres mi cruz, ya que, tú eres el camino por medio del cual puedo mostrar al mundo, mostrarte y mostrarme el indescriptible amor que Dios me tiene, a pesar de todo.

El matrimonio es una cruz y te pido perdón por todos los momentos en que lo olvidé o lo ignoré. Te pido perdón por haberme descuidado. Te pido perdón porque te amo y porque, lo tengo muy claro, tú eres el camino que me lleva todos los días a la posibilidad de ser perfecto como perfecto es el Padre.


Te amo desde la cruz que es la vida, la verdad, el amor y la plenitud. 

jueves, 26 de marzo de 2015

Séptima Carta a Mariela: Sobre la Fe.

Mi amor, pensé que no tendría la oportunidad de escribirte. He tenido unos días de mucho agite. A veces las vicisitudes nos complican un poco el panorama, pero, a diferencia de ese pasado mío, hoy siento una fuerza poderosa en mí que no permite que le brinde espacio a esa oscuridad que nubla la vista de los hombres y hace que fácilmente perdamos el camino. La fe, esta fe en la que ahora vivo, esta fe que me alimenta, esta fe que me llena el alma de mi alma, es una vela con una llama tan incandescente que no da tregua a ninguna oscuridad de este mundo. Por cierto, que no todo el mundo ha comprendido esto y han tejido historias, elucubraciones y purulentos pensamientos que lo único que advierten es el veneno y la pobreza que enriquece sus almas. Lo lamento mucho, tú lo sabes, lo hemos conversado. Lo lamento profundamente, pues, muchos, fueron cercanos, tan cercanos que nunca nos dimos cuenta de lo lejano que éramos realmente. En fin, esas cosas pasan, y sólo quiero escribirte un poco sobre la fe y que este domingo próximo estamos en la obligación de darle más vida, de recibir a Jesús nuevamente, pero no sólo con palmas y vítores, sino también en silencio y compromiso inquebrantables.

El Papa Francisco nos recuerda en su Carta Encíclica Lumen Fidei que la fe es un camino que se abre ante nosotros para posibilitar el encuentro con Dios. Alimenta el centro de nuestro ser con la experiencia del amor divino, origen y fundamento de todo, que se deja conducir para caminar hacia la plenitud de la comunión con el Señor. A partir de allí, al amparo de su luz, nos ponemos al servicio de la justicia, del derecho y de la paz. Nos aproximamos a la condición justa de San José, padre adoptivo de Jesús, que no es otra cosa que ser hombres como árbol plantado al lado de corrientes de agua que da su propio fruto en su estación y cuyo follaje no se marchita, así, los hombres como árboles que son los hombres justos, en todo lo que se proponen tienen éxito. Los hombres como árboles son los hombres justos, como nos lo dice el salmista, y el hombre justo es el hombre de fe, ya que, a través de ella, se nos permite un saber auténtico de Dios y, a su vez, brinda el encuentro pleno con cuánto hay de verdadero, bueno y bello en el hombre.

La fe, obrada en nosotros por el Espíritu Santo para hacernos como árboles, es preparación de un lugar para poder convivir en armonía con los demás, en vista de que es capaz de revelar hasta qué punto son sólidos los vínculos humanos. No se trata sólo de una solidez interior, afirma Francisco, sino que ayuda a iluminar de la misma manera las relaciones humanas “porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios”. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable. El hombre de fe que es hombre como árbol apostará siempre y pondrá todo su empeño y voluntad en busca de la paz de la ciudad, ya que la paz de ella resultará de la paz entre nosotros. El hombre de fe que es como árbol también es y será instrumento de paz.

La fe proviene de un conocimiento auténtico de Dios que, al mismo tiempo, habilita un conocimiento auténtico de nosotros mismos y de los hermanos que nos acompañan. Por medio de ella somos capaces de ver a plenitud toda la luminosidad de la dignidad humana, por ello se expresa en la entrega por los demás, en la fraternidad, en la capacidad de amar que vence la soledad que entristece. La fe nos sitúa en el palpitar gozoso del Dios-Amor que nos ofrece un gusto nuevo y distinto de existir con los ojos abiertos para contemplar risueñamente toda la realidad. La fe es conocimiento de Dios y del hombre que implica, como advierte Benedicto XVI, un camino intelectual y moral alcanzado en lo profundo por la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, que nos orienta a superar “los horizontes de nuestros egoísmos y nos abrimos a los verdaderos valores de la existencia”.

Vivamos nuestro amor en la fe, esa fe que nos hace esposos, pero, al mismo tiempo, hermanos, hijos de un mismo Padre que es todo amor y misericordia.

Te amo en y desde la fe que nos hace contemplar la mano de Dios en la vida de los hombres.


Tuyo…

viernes, 20 de marzo de 2015

Sexta Carta a Mariela: El amor de Dios



Buenos días, mi bien, estaba contando las horas para volverte a escribir. Ayer, como todos los jueves, tuve sesión del Consejo Universitario. Fue una sesión normal llena de las tensiones a las cuales torpe e innecesariamente nos somete este gobierno de turno, pero, al mismo tiempo, con momentos de intensa fe y esperanza de parte de todos y cada uno de los miembros del cuerpo que, como si nada, nos devuelve al empeño ferviente de seguir caminando y enfrentando dignamente lo que nos venga. Todos lo hemos asumido como un camino hacia la santidad. ¿Un Consejo Universitario que aspire a la santidad? ¿En Venezuela? ¿En este momento? Sí, pues así es. Tenemos diferencias, sin duda, imagínate que el Capellán de la universidad es madridista, ¿puedes creer? Y, aunque el rector no lo diga, estoy casi seguro de que es caraquista. En fin, que tenemos diferencias, pero un objetivo común: la santidad. Una santidad manifestada en la búsqueda constante y tesonera del funcionamiento digno y honesto de nuestra universidad. No, no pienses que las tres, cuatro horas que dura el Consejo lo dedicamos a la oración, aunque oramos, pero intentamos discutir los temas de nuestra universidad, de la universidad venezolana, del país y del mundo desde una óptica distinta, desde una visión que atraviesa la simpleza y vulgaridad a través de las cuales se concibe la política en Venezuela actualmente.

Ayer, el Capellán, quien siempre dirige la oración, suele traer un texto que comparte generosamente con nosotros y, a la luz de ese texto, parece guiarse todo el Consejo. La lectura que nos trajo tiene que ver con unas afirmaciones que hiciera recientemente el Papa Francisco. Afirmaciones sobre la fe y el amor de Dios. Comparto contigo un par de líneas de las consideraciones del Papa sobre el amor de Dios: “creo que no existe ningún teólogo que pueda explicar esto: no se puede explicar. Solamente esto se puede pensar, sentir y llorar. De alegría. El Señor nos puede cambiar”. El amor de Dios, a juicio del Papa, no puede ser explicado. Esto me llama la atención, pues, en esa sintonía, se encuentran las más antiguas tradiciones espirituales de Oriente como, por ejemplo, el budismo que afirma que el camino (Tao) que se nombra no es el camino. Ahora bien, ¿puede explicarse el amor de Dios? No lo sé, pero partiendo de que tanto “amor” como “Dios” son palabras humanas y que todas las palabras y sus significados pasan por un complejo proceso llamado subjetividad, entonces comprendemos que, efectivamente, sí podemos explicarlo, aunque seguramente muy alejados de lo que realmente es en cuanto a que “eso” que llamamos Dios es lo único que es, que ha sido y será. Esa maravillosa empresa pedagógica llamada Fe y Alegría tenía, o tiene, una especie de consigna que decía que “donde terminaba el asfalto, allí comenzaba Fe y Alegría”. Se me ocurre que, allí donde termina el lenguaje humano, allí comienza Dios.

Ahora, no nos vayamos a algo tan complejo como el intento de saber si el amor de Dios puede ser o no explicado, pensemos, más bien, si se puede explicar el amor humano. ¿Me permites ponerme poético? ¿Sí?, muy bien, tomemos por ejemplo a Pablo Neruda, el nobel chileno. ¿Cuántos poemas y libros de poemas le escribió a su Matilde? Seguro más de veinte libros de amor y una canción desesperaba intentando explicarle su amor. No, no pudo hacerlo, ya que, el amor, así como dice el Papa no se explica. La explicación transforma el amor en una operación matemática. La explicación lo enfría, lo anula, lo desubica, lo mata. El amor no está jamás en las palabras. El amor, a mi juicio, está en la fuente de las palabras. En el espacio que hay entre una palabra y otra. En la búsqueda de las palabras adecuadas. El amor está en la fuente del amor y no en otra parte. Cuando sacamos las palabras de esa fuente profunda y las volcamos en el discurso exterior, allí muere. El amor es como el silencio: muere cuando nace la palabra. Esto, en modo alguno, significa que el amor no exista, claro que existe. Esta fuerza que me mueve a escribirte esta carta, por ejemplo, es el amor. Lo sé, y lo sé no por los dedos que caen agitadamente sobre el teclado y cuyo resultado son este montón de palabras que ahora lees. Lo sé por lo que no estás viendo ahora, es decir, el llanto detrás de cada palabra.

Desde el Antiguo Testamento hasta este instante en que te escribo, se ha venido intentando explicar el amor de Dios. Del Génesis vamos al Nuevo Testamento. De los Evangelios a los Padres de la Iglesia. De los Padres de la Iglesia a los místicos cristianos. De los místicos a la Encíclica “Deus Caritas Est”, se viene intentando comprender qué es eso que llamamos Amor de Dios, claro, sólo quedándonos dentro del marco de la fe cristiana, ya que las demás religiones tienen también una larga tradición sobre el tema, incluso algunas más antiguas que la cristiana. Sin duda, es harto complejo, ya que, por si esto fuera poco, los componentes que, según los teólogos, sirven para explicar este amor son también inexplicables, por ejemplo, el perdón. El perdón es una facultad hermosa que define al amor cristiano, pero, si tratas de verlo objetivamente, no hay cosa con más posibilidades de ser injusta que el perdón, hay pocas cosas más irracionales que el perdón. Precisamente debido a que las explicaciones que podemos dar para entenderlo o comprenderlo las vamos a tomar a partir de referentes humanos y todo lo humano es limitado y finito. Fíjate con la caridad, por ejemplo, según Simeón el Nuevo Teólogo, Padre de la Iglesia Ortodoxa, afirma que ella no es un nombre, sino la esencia misma de Dios y Dios, complementaría yo con todo respeto, tampoco es un nombre. Por ello siempre he pensado que Dios está detrás de Dios y no se llama Dios, pero es lo Absoluto, lo total, la realidad verdadera, o Samsara, esa bella palabra del sánscrito que intenta explicar, justamente, lo inexplicable.

¿Existe el amor de Dios? Sí, totalmente y es un amor tan profundo, tan insondable, tan amor que la única manera que tenemos los seres humanos para aproximarnos a él es a través del mismo amor y hay que darle gracias a Dios por eso. Todos los cristianos hemos aceptado en que Dios nos demostró todo su amor encarnando en hombre para asumir todos los pecados de la humanidad y expiarlos a través de su propia muerte, es decir, entregarse por los hermanos. Allí, a mi juicio, la gran lección de amor: la entrega, la entrega total hasta morder el corazón del dolor, ya que no hay un amor más grande que quien da la vida por los hermanos. ¿Ves dónde está lo complejo? El entendimiento humano no da para comprender esto, está más allá de cualquier explicación racional. Podemos comprender que lo hiciera Cristo, es más, lo agradecemos, pero encarnar en nosotros esto cuesta mucho. Allí muere la explicación. Hasta allí llega. Allí terminan las palabras y el asfalto. Allí nace la gran frustración, el mayor sufrimiento, la profunda miseria que llegaron a sentir los místicos cristianos: no poder dar ese paso que, además, en cada uno es distinto y único. Sin embargo, el amor de Dios está allí, siempre abierto para nosotros, para intentar vivirlo, pues, ser cristiano es un intento de todos los días. En ese intento, en esa búsqueda permanente está el amor que jamás lograremos explicar.


Tuyo siempre en el amor inexplicable de Dios.